Derechos Culturales como paraguas de la Comisión de Conocimiento, Ciencia y Tecnología

Columna escrita en conjunto con Julieta Brodsky Hernández Directora de Investigación del Observatorio Políticas Culturales .Publicada el 31 de Agosto por El Desconcierto.

Han sido semanas intensas en la convención constitucional. En ellas han tenido lugar avances y debates trascendentales, que se han sucedido de manera simultánea en jornadas maratónicas, que dan cuenta del compromiso asumido por la mayoría de las y los constituyentes.

Probablemente uno de los avances más determinantes es la finalización del proceso de trabajo de la comisión que tenía a su cargo elaborar la propuesta de Reglamento.

Dentro de los aspectos integrados está, junto a otras seis comisiones, la creación de una Comisión sobre Sistemas de Conocimiento, Ciencia y Tecnología, Cultura, Arte y Patrimonio, impulsada principalmente por los Constituyentes Cristina Dorador, Ignacio Achurra y Malucha Pinto.

Según indica la propuesta esta comisión abordará, a lo menos, los siguientes temas:

  1. a) Institucionalidad, gasto fiscal y políticas públicas en Cultura, Artes, Humanidades, Ciencia y Tecnología;
  2. b) Rol del Estado en Cultura, Artes, Humanidades, Ciencia y Tecnología;
  3. c) Presupuesto e Inversión en Cultura, Artes, Investigación y Desarrollo;
  4. d) Derecho a la Ciencia, Conocimiento y Tecnología;
  5. e) Derecho a participar de los beneficios de la ciencia y la tecnología;
  6. f) Derecho a la libertad de investigación;
  7. g) Derecho a la protección contra los usos indebidos de la ciencia y tecnología;
  8. h) Derecho al resguardo de la propiedad intelectual, industrial y saberes ancestrales;
  9. i) Derecho al deporte, la actividad física y la cultura del deporte.

Sin duda este es un hito relevante. Por ello quisiéramos contribuir a esta construcción en base a las reflexiones que se han generado hace largo tiempo en torno a los Derechos Culturales a partir de la norma internacional, las experiencias comparadas y la realidad chilena en esta materia.

Lo primero que debemos abordar es la confusión conceptual arraigada en considerar que los Derechos Culturales o el término cultura sean considerados sinónimo de arte, reduciendo con ello el amplio espectro que estos abarcan.

Los Derechos Culturales, en su categoría de Derechos Humanos, resguardan todas las expresiones humanas que desarrollamos para comunicar y simbolizar sentidos de vida. Entre ellas encontramos el arte, pero también la ciencia, los conocimientos ancestrales, las lenguas, tradiciones y costumbres propias de la diversidad cultural, la memoria y el patrimonio, todas las manifestaciones de nuestra vida en comunidad y las visiones que construimos del mundo que nos rodea.

Así los Derechos Culturales abarcan, entre otros, la libertad de expresión y creación artística; el derecho a acceder a los patrimonios culturales y a su conservación; el derecho a participar de la vida cultural; el acceso a una educación e información libre y pluralista; el derecho a elegir la identidad cultural y la libertad de ejercer las prácticas culturales propias. Pero también incluye la libertad de desarrollar y compartir conocimientos; el derecho a acceder al conocimiento y beneficiarse de los avances de la ciencia, aspectos centrales para un Derecho a la Ciencia, como el que promueve Cristina Dorador y las organizaciones de investigadores e investigadoras. La unión entre Derechos Culturales y Derecho a la Ciencia quedó sellada en el artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece que “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.

Por todo ello queremos enfatizar la necesidad de que sean los Derechos Culturales el marco conceptual que contenga la recién aprobada comisión. De esta manera se garantiza el carácter de derecho a todas aquellas manifestaciones que esta propuesta señala, ampliando el sentido de lo cultural y dando pasos firmes para que nuestra próxima Constitución garantice un pleno desarrollo de todos los pueblos y culturas que conforman nuestro país, en condiciones de igualdad, dignidad humana y no discriminación.

Es nuestro mandato diseñar una nueva base social y política para vincularnos con estos derechos, pensándolos como derechos humanos, y no seguir reproduciendo modelos de producción, tanto en las artes como en la ciencia, que han moldeado la precariedad y la invisibilización de los saberes, creaciones, conocimientos y expresiones de la interculturalidad.

Los Derechos Culturales están consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, ratificados como base de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales (Unesco, 2005) y compilados en la Declaración de Friburgo del año 2007, reuniendo esta serie de herramientas internacionales diseminadas, por lo que son parte de nuestros Derechos Fundamentales. El relegamiento que sufren los Derechos Culturales resulta paradójico en un momento histórico en que adquieren gran protagonismo empírico, cuando las fuerzas sociales y colectivas cuestionan las bases del Estado Nación monocultural y un modelo extractivista que saquea los modos de vida de los pueblos.

Por ello se hace necesario contar con una Comisión especial, aparte de la de Derechos Fundamentales, que le dé a la cultura el lugar central que debe ocupar en la construcción de un nuevo pacto social y terminar con su relegamiento como ámbito de segunda o tercera categoría, actos de omisión que conducen a una profunda crisis social y cultural que amenaza nuestra convivencia.

TRENZANDO

Reflexión en movimiento de una perspectiva feminista sobre las artes y la cultura en una nueva constitución.

Se dice de una trenza que es un tipo de patrón que se caracteriza por entrecruzar dos o más tiras de algún material flexible como alambre, tela o cabello. La flexibilidad de sus partes le permite transitar de manera sinuosa, serpenteando, mezclándose, adaptándose a diferentes terrenos, tejiendo una red conformada de muchas hebras con diversos colores, espesores y tamaños. Esta diversidad, este tejido, es la fortaleza, la consistencia y resistencia de las organizaciones feministas, una red en la que implicarse es sumergirse en un proyecto y ser una hebra más, que se cruza permanentemente con otras hebras, generando un tejido complejo en permanente proceso de gestación.

Los años 2018 y 2019 vieron nacer a numerosas organizaciones feministas en el mundo de las artes y la cultura, agrupadas fundamentalmente en torno a cada uno de los diversos oficios. Nos reuníamos bajo la necesidad de responder a un llamado atávico feminista latinoamericanista y global, la necesidad de volcar, de sacar afuera las vísceras y gritar en colectivo. Después de una larga estadía habitando la soledad vimos explotar las costras y sangrar las heridas de violencias acalladas por demasiado tiempo, surgía impetuosa la necesidad de abrazarnos, darnos las manos, cuidarnos, regalarnos palabras de aliento, vernos frente a frente como un caleidoscopio de espejos, reflejadas en la vivencia común. Encontrarnos fue enamorarnos de nosotras mismas, de nuestra especie.

La trenza se afianzó entre la revuelta feminista y la posterior revuelta social de octubre, ambas eran un cambio cultural que anhelábamos: el inicio del fin de un modelo que nos ha exprimido de vida sin conmiseración. El activismo se volvía exigente, extenuante en momentos; nos movíamos flexibles siendo calle, reuniones, charlas, conversatorios, pancartas, manifiestos, declaraciones, intervenciones, intercalando nuestras múltiples tareas domésticas, laborales, de cuidado, al tiempo que debíamos sobreponernos al dolor de las injusticias, a la negación insultante y aún así seguir adelante, trenzando la voz colectiva contundente del cambio social que empujaba desobediente los márgenes, exigiendo construir, en un coro a voces, una nueva Constitución.

El azote de la pandemia cortó la movilización de cuajo, ya no estábamos confinadas por el letargo, sino para escondernos de la muerte que rondaba y atormentaba al mundo entero, el miedo volvía a habitarnos. En ese momento nuestros oficios artísticos brillaron. Despojadas de su origen, las obras artísticas y las voces de los y las artistas, fueron compañía y consuelo, pero a la vez, nuestro trabajo presente comenzó a extinguirse, la cesantía fue plaga y la sobrevivencia se tomó la agenda: debíamos postergar el optimismo de cambiar el país por el choque frontal con el abandono. La institucionalidad cultural nos miraba por encima del hombro cómo nos hundíamos lentamente. Nuestra marginalidad marcada por la informalidad laboral, la naturaleza inestable de nuestros empleos, el vivir al día, el sobreexplotarnos para mantener una línea de flotación estallaba en nuestra cara, nos transformábamos en una especie en peligro de extinción que a nadie parecía recordar que habitaba este ecosistema, una trabajadora, un trabajador invisible.

La trenza persistente volvía a desplegarse entrecruzando la tragedia con la esperanza del proceso constituyente. Otra vez había que mezclarse, contaminarse, secarse la impotencia para movilizarse a votar apruebo, porque frente a nosotras se abría optimista un plebiscito de resultado rotundo y la posibilidad cierta de reformulación del orden social levantado sobre significaciones hegemónicas, patriarcales y colonialistas.

¿Cómo mirar el futuro constitucional desde  el feminismo y el quehacer artístico, como parte esencial de la cultura? ¿Cómo desafiar, con identidad feminista, conceptos constitucionales para vincularlos al arte y a la cultura como derecho humano? ¿Cómo abrir una reflexión política, cultural y feminista que no se rinda frente a las exclusiones que presenta el proceso constituyente? ¿Cómo alentarnos a seguir? Como siempre, trenzando.

Hilar en clave constituyente

El activismo se cuela por todas las ventanas que la vida diaria permite, se nutre de los descansos y tiempos personales, se bambolea entre el desencanto y la esperanza, se sostiene gracias a la energía de lo colectivo. Lo señalo porque creo que tenemos que dar más valor caracterizar los contextos, pues las organizaciones feministas se elaboran en esos retazos de tiempo compartido e impulsadas por un motor incombustible de transformación profunda, vinculando y articulando siempre la reflexión con la vida misma.

Nos hemos motivado por sostener una conversación despierta sobre el proceso constituyente y sus múltiples tramas, hilaré algunas de las que he sido parte en este desafiante ejercicio cultural, que involucra incluso aprendizajes de códigos ajenos para la gran mayoría de nosotras, para componer una reflexión política que nos haga tomar posición sobre el debate de una nueva constitución, emplazándonos a nosotras mismas para saber desde dónde vamos a hablar, qué es importante traer a esta mesa colectiva, qué se está quedando fuera y cómo podemos incorporarlo. El primer concepto en aparecer fue el de los derechos culturales y cómo abordarlos con una perspectiva feminista. A partir de ellos se desplegaban nuestras concepciones de bien común, de buen vivir, hasta nuestra condición de trabajadoras de las artes, convencidas de que el arte importa, la cultura importa y no solo a nosotras.

Hablar de derechos culturales es hablar de derechos humanos y pensar en su consolidación nos ha permitido abordar el desafío más ambicioso, entrar en la disputa de un cambio paradigmático y no funcional, en el que el mundo de las artes y las mujeres organizadas podemos implicarnos en dar cabida a nuevas formas de (re)conocimiento a voces que han sido silenciadas o descartadas por demasiado tiempo.

Los derechos culturales se instituyen cuando se los consagra como derecho humano en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, emitida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el artículo 27, que señala que “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten, toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora, con el propósito de proteger el acceso a los bienes y servicios culturales, proteger el disfrute de los mismos y su producción intelectual”.

Pero a este enunciado, tantas veces citado, hay que darle muchas vueltas, movilizarlo, conectarlo, transversalizarlo. No podemos permitir que termine en letra muerta ¿Qué podría ser más contradictorio que ver a los derechos culturales convertidos en letra muerta, cuando son un mecanismo indispensable para hacer posible la existencia y validez de todos los demás derechos fundamentales? Es legítimo entonces aspirar a que estos derechos atraviesen la constitución completa, desde la concepción de su escritura hasta la aprobación de ésta, entendiendo que una nueva constitución será el mayor hito cultural de nuestra época.

Es relevante mantener la conciencia de la idea de cultura que estamos reivindicando: aquélla que se sustenta en la naturaleza dinámica, dialogante, abierta, sostenida por las percepciones, opiniones y acciones de una comunidad en movimiento, donde es un legítimo derecho para una sociedad, cambiar y cuestionarse sobre qué tradiciones mantener, qué prácticas culturales nos gustaría cambiar o incorporar, pero sobre todo, a quién falta por sumar, en este sentido considerar el valor que tiene trenzar saberes, que nos encaminen al buen vivir, a cargar de sentido el tiempo presente y reivindicar el derecho al goce que promueven los derechos culturales, tan denostados por el pragmatismo neoliberal y su mal entendida productividad.

El Estado de Chile ha demostrado, a lo largo del tiempo, una mirada restringida sobre la cultura, además de una presencia insustancial en la constitución que comenzamos a dejar atrás. Una señal interesante ha sido el dialogo internacional que se ha dado, en este sentido, en el marco de la pandemia, donde la cultura ha sido reconocida como una necesidad global que atraviesa todos los aspectos de una sociedad y que resulta esencial entregarle la transversalidad necesaria para reformular el concepto que tenemos de desarrollo, crecimiento,  para fortalecer el dialogo entre los países y contribuir a una verdadera recuperación mundial, esto significa salir de los discursos pétreos de las autoridades y tomar la posibilidad que entrega el proceso constituyente para realmente comprender lo preponderante que es para la construcción de una sociedad sana el respeto de los derechos culturales y el contacto desde la niñez con el arte, la creatividad y la sensibilidad a través de una educación integral que promueva una sociedad más justa y tolerante.

Los derechos culturales de las mujeres también deben ser analizados atendiendo a sus diferentes perspectivas: participación, derechos, libertades y acceso, pues existe la evidencia de que nuestra vida cultural es restringida por múltiples mecanismos coercitivos y estructurales, que muchas veces no detectamos o asociamos únicamente a prácticas o privaciones brutales que ejercen ciertas culturas que percibimos como lejanas, pero lo cierto es que la participación y expresión cultural de las mujeres vive también limitaciones que tenemos integradas como propias del género, como son la doble o triple jornada laboral (remunerada o no) o las múltiples manifestaciones de violencia física, política, económica y simbólica. La vida de las mujeres creadoras también está delimitada por la precariedad, por la violencia, por nuestras condiciones de vida. Estos elementos complotan contra la plena participación de las mujeres en el ámbito artístico y cultural, alterando el ecosistema creativo y privándonos de voces esenciales de nuestras culturas. Reconocer estas barreras estructurales es una manera de hacer frente al sistema de dominación androcéntrico del que somos parte, cambiarlo es, probablemente, nuestro mayor desafío cultural.

Como podemos ver, el ejercicio de nuestros derechos culturales colectivos configura un motor de transformación social, por ende, de interés para quienes creemos que nos debemos como sociedad una revisión profunda en las dinámicas sociales, particularmente las relaciones y la distribución del poder, es clave desde nuestros lugares impulsar la activación cultural que permita impugnar discursos hegemónicos. Estamos en el momento para aquello, para cambiar la forma en que hemos dialogado los últimos treinta años. Las injusticias, violencia y desigualdades que reclama el sector artístico cultural no obedecen exclusivamente a nuestra realidad, sino a un orden estructural, que a pesar de que se presente frente a nuestros ojos con las particularidades que tiene nuestro quehacer, forma parte del descontento compartido que nos activó en las calles pidiendo dignidad.

Lo complejo será que esta tarea la haremos habitando aún esta realidad trastocada, donde el poder lo tiene un escuálido porcentaje de la población, por lo que tenemos que hacernos conscientes y volcarnos como trenza flexible y sinuosa a un debate constituyente genuino que vaya sumándose a su vez con otras y con otros, para lograr una activa participación popular que rebalse los límites institucionales de la convención constitucional y sus integrantes, consolidando mecanismos reales de participación ciudadana que no trunquen este proceso.

Defiendo la idea de que los feminismos encarnan la transformación del orden social y que éste es cultural, para nosotras no debe ser nunca una aspiración acceder al poder por el poder: nuestra búsqueda incesante debe ser la deconstrucción neoliberal y patriarcal. No queremos buscar cupos en un espacio público cuyos márgenes nos oprimen, queremos transformarlos y estamos dispuestas, desde las redes que habitamos, a reflexionar junto a nuestras compañeras para aportar, pues tal como señala la filósofa Miranda Fricker “no podemos hablar de sociedades que respetan los derechos culturales, y mucho menos los de las mujeres, si no cuestionamos cómo estamos construyendo en nuestras democracias”, y ése es precisamente el momento en que nos encontramos, porque como mujeres y particularmente como creadoras y trabajadoras culturales, poseemos un espíritu crítico que se nutre de la sabiduría del colectivo histórico y sus experiencias de vida.

La trenza construye el tejido que compone la identidad colectiva, una danza de hebras que recorren un camino propio sabiéndose parte de un todo, hilando las transgresiones de las tejedoras de ayer y las de hoy, proyectando nuestro imaginario hasta concebir una nueva realidad.

Andrea Gutiérrez Vásquez

Diciembre 2020

Publicado en “Resistencias” publicación realizada en el marco del Foro de las Artes 2020.

Un tema ineludible, refundar el poder judicial.

Esta semana, desde nuestro proyecto de candidatura a la convención constitucional, lanzamos piezas breves en formato podcast, creadas por dramaturgas y dramaturgos en torno a ejes constitucionales. A través de una mirada propia, desde la libertad creativa de cada artista, amplificamos la conversación constituyente a otros territorios. El primero de ellos estuvo a cargo del escritor Marcelo Leonart y lo interpreta el actor Néstor Cantillana. Su nombre: “La verdad será establecida por los tribunales de justicia”, capítulo dedicado al Poder Judicial. El título no solo parece una ironía, sino que lo es, cuando a ojos de una sociedad completa hemos visto que, efectivamente, existe una justicia para ricos y otra para pobres.

Para respaldar esta idea tenemos un desfile de procesos judiciales que podemos observar y analizar. Lo ocurrido con los casos de Mauricio Cheuque, Matías Fuentes, Mauricio Allendes, Daniel Morales, todos imputados por distintos delitos en el marco del estallido social, ponen en cuestión la labor persecutora del Estado respecto de quienes han sido privados de libertad arbitrariamente luego del 18 de octubre de 2019. Después de un largo periodo de prisión, todos ellos ahora se encuentran absueltos de los cargos por los que fueron detenidos. Pero no sin antes haber pasado, además de crudas medidas cautelares, por la Corte de Apelaciones, producto de los recursos de nulidad presentados por la Fiscalía. En las antípodas de esta realidad, Jaime Orpis, el primer político condenado por cohecho y fraude al fisco, lo que llamamos el financiamiento criminal de la política, obtiene como condena 5 años de los cuales solo 600 días cumplirá en reclusión. Y por su parte, la ex diputada Marta Isasi deberá pagar una multa de 20 millones de pesos, esto considerando además que la empresa involucrada, Corpesca, no recibe sanción alguna y, lo que es peor aún, que la ley de pesca gestionada de esta manera sigue vigente.

Estos casos son recientes, mediáticos y emblemáticos, pero la verdad es que existen cientos de situaciones judiciales que nos permiten comprender que tenemos una justicia que se construye sobre principios colonialistas, patriarcales y oligárquicos. Por ello es ineludible que al sumergirnos en la escritura de una nueva constitución debemos, como imperativo democrático, conversar nuevamente las bases de una justicia a la que todos y todas podamos tener acceso. Una que promueva los Derechos Humanos. Una de carácter plurinacional y con perspectiva de género. Y sobre todo, una que venga a cumplir el trabajo de garantizar los derechos de las personas, de todas las personas.

La estructura del Poder Judicial actual está construida sobre el autoritarismo. Sus bases de organización se remontan a las reformas borbónicas de 1700. Ahí nace el Poder Judicial chileno y latinoamericano, con un rol controlador funcional a las elites de gobierno. Desde entonces las reformas no han tocado su estructura original, convirtiendo nuestro sistema judicial en uno de los más arcaicos del planeta, a la par con el de Honduras. Entendemos entonces que el problema del Poder Judicial es su estructura y carácter de origen, un sistema que protege a la elite y con ello se vuelve vulnerable a la corrupción.

Observemos algunos puntos fundamentales para abordar en la conversación constituyente y así avanzar en una justicia que contemple el Buen Vivir como horizonte. Una justicia que se vincule a las personas y comunidades a través del reconocimiento positivo de la pluralidad y no desde la segregación y la carencia.

Lo primero es revisar la estructura sobre la cual hoy se ejecuta el accionar del Poder Judicial, la que se concentra sobre jueces y juezas dispuestos en diferentes funciones, un paso importante debe ser separar las funciones de juzgamiento con las del gobierno judicial. El actual gobierno judicial albergado en la corte suprema es hoy un espacio susceptible de ser cooptado por el poder político, ya que el nombramiento de sus integrantes depende en su tramite final del presidente (a) de la república, por eso se debe generar un órgano que tenga autonomía del poder político, que sea plural y paritario, que dé garantías en torno a la trayectoria de los integrantes y de su compromiso irrestricto con los derechos fundamentales.

Otro aspecto esencial que debe discutirse es la plurinacionalidad. Que Chile sea un estado plurinacional debe reconocerse también en el sistema jurídico, considerando la presencia plurinacional en el órgano de gobierno judicial, pues esta institucionalidad se ha transformado en un escenario de vulneración a los pueblos indígenas, pasando incluso por sobre los tratados internacionales. De la misma manera, la discusión sobre la promoción de la perspectiva de género es otro eje protagónico. Debemos tomar un rol activo en esta transformación, de lo contrario continuaremos con procesos que re victimizan a través de procedimientos que no consideran las particularidades de estos crímenes. Para ellos debemos instaurar la formación y desarrollo de los integrantes del Poder Judicial y a su vez consolidar una institucionalidad autónoma que asuma la tarea de abordar de forma especializada los casos de violencia de género.

Si pensamos que una tarea central en la discusión constituyente debe ser nuestro sistema democrático, con la idea de superar la democracia exclusivamente representativa y avanzar hacia una democracia participativa que consagre la soberanía popular, resulta imperativo reflexionar sobre un efectivo sistema de control ciudadano para el Poder Judicial, así como la creación de una justicia comunitaria que propenda al entendimiento y bien común.

Por último, señalar que nos encontramos frente a una oportunidad histórica para generar un nuevo Poder Judicial que asuma un compromiso genuino con los derechos humanos, que los promueva y garantice transversalmente en su quehacer, incluida la reparación integral a las víctimas.

Son muchos los desafíos que depara la revisión de un poder anquilosado en sus formas, procedimientos e influencia política. Sin embargo, debemos tener claridad que este momento no volverá a repetirse en el corto plazo y que, de no abordarlo en profundidad, veremos truncada la posibilidad histórica de escribir una nueva constitución que garantice la necesaria justicia como base de una sociedad en paz.

Columna escrita junto a Daniel Urrutia (ex juez internacional MACCIH-OEA.)

Publicada por El Desconcierto el 30/04/2021

Preguntas para el futuro

Llega el fin de año, tiempo de festejos y evaluaciones. Momento de sueños futuros, de promesas lanzadas al mañana. Pero este 2020 ha sido particularmente difícil para nuestro país y dificulta todo rito de cierre. Revuelta social y pandemia enredadas nos han puesto a prueba. Una a una caen las postales dolorosas de este año complejo en el que corrimos el velo y nos encontramos de frente con la precariedad, la violencia, la represión y la marginación de quienes caminaban en la cuerda floja de este sistema.

Hemos visto la pobreza profundizarse en los sectores populares, particularmente para las mujeres, las disidencias y también para lxs trabajadorxs de la cultura de quienes formamos parte. Hemos vivenciado el desamparo que genera la ausencia de políticas públicas de emergencia y evidenciado que la cultura es prescindible y suntuaria en la política de Estado. Hemos resistido a punta de ollas comunes, de fondos solidarios, de rifas que han sido la tónica de sobrevivencia para lxs trabajadorxs de la cultura y para tantas y tantos. Hemos escrito los nombres de las 56 mujeres que han sido asesinadas en crímenes femicidas durante este año. La pandemia reveló, para quienes no querían verlo, que la violencia está en nuestras casas; que estar confinadas pone en riesgo nuestras vidas tanto como el virus. No alcanzamos a realizar el duelo de una de nuestras compañeras cuando ya tenemos que exigir justicia por la siguiente. Vimos caer también a lxs presxs de la revuelta, lxs que han sido privados de libertad sin juicios justos. Recordamos con angustia a las víctimas de la violencia estatal ejercida por Carabineros, quienes siguen sin poder encontrar justicia y reparación.

Pero sin olvidar estas imágenes que nos persiguen, hoy queremos intentar un cierre de año optimista. Heredar la energía luminosa de la revuelta social que nos ha llevado a este proceso histórico empujado por la ciudadanía y que invitamos a pensar en clave cultural. Este es un momento de disputa con la cultura neoliberal instaurada hace décadas, guion que ha pauteado nuestras vidas hasta el 18 de octubre, día en el que decidimos abrir los ojos y hacer un intento colectivo.

Es por eso que la Convención Constitucional debe ser un espacio que devuelva la soberanía popular, que garantice la participación. La constitución debe ser escrita desde su primera letra considerando esta transformación cultural de la que hablamos. La cultura es la dimensión esencial de la vida comunitaria. Es el ejercicio del ser de una comunidad. Nuestra constitución debe ser pensada en clave cultural. Nuestros derechos culturales no son solo palabras que deben estar escritas sobre una hoja, son por sobre todo un punto de vista, una manera de ser y ejercer que se relaciona en lo profundo con El Buen Vivir, con el intento de una vida digna y feliz. Proteger nuestros derechos culturales es proteger la diversidad que asegura la igualdad de las personas y los pueblos. Si a esto le sumamos una perspectiva feminista, nuestros derechos culturales deben ser asegurados para todos los grupos marginados de una sociedad. Las violencias y las precarizaciones conocidas e instauradas por el modelo actual deben ser desbaratadas para que mujeres, sectores populares, pueblos originarios, migrantes y todxs lxs marginadxs, tengan libre acceso y libre ejercicio cultural garantizado. La centralización, las labores del cuidado, la pobreza, las brechas educacionales, la falta de políticas públicas al respecto, entre otras, son trabas que, en el nuevo Chile que imaginamos, no pueden ser un impedimento para que todas las personas puedan ser y ejercer su cultura. Privarnos de nuestros derechos culturales, que son derechos humanos, es privarnos del goce de ser realmente las personas que queremos ser, es clausurar nuestra identidad comunitaria.

Y es en este ejercicio colectivo, en esta manifestación cultural que somos y ejercemos juntxs, que seguimos en pie en esa invitación que nos hicimos unas a otros, otros a unes, el 18 de octubre. Queremos seguir intentándolo. Queremos disputar una nueva forma de vivir. Una que nos haga más libres, más solidarixs y más felices. Y para eso dejamos aquí algunas preguntas. Reflexiones que lanzamos al futuro con la porfía de que tomen cuerpo en la escritura de nuestra constitución. Ese guion cultural que ayudará a conseguir esa vida otra.

¿Y si todo se resumiera a un buen vivir?

¿Y si pusiéramos la vida comunitaria en el centro? ¿Y si en ella nuestra diversidad de colores, lenguas, saberes e ideas convivieran en libertad de permanente movimiento y desarrollo? ¿Y si esa vida comunitaria fuera armónica con nuestro entorno? ¿Y si esa vida fuera digna y sobre todo: feliz?

¿Y si las mujeres no fueran violentadas en su ejercicio diario? ¿Y si no se relegan del protagonismo social y cultural? ¿Y si reordenamos nuestra vida comunitaria para que sea más inclusiva y más justa con las mujeres, con las disidencias, con los pueblos originarios, con lxs inmigrantes, con lxs marginadxs? ¿Y si ese buen vivir al que aspiramos les considera?

¿Y si nos reconocemos como sujetxs culturales y no como consumidores? ¿Y si descubrimos que somos quienes ejercemos la cultura, quienes la vamos tejiendo en comunidad día a día? ¿Y si comprendemos que somos cultura? ¿Y si disputamos y ganamos a este sistema el derecho a ser las personas y las comunidades que queremos ser?

Despedimos este año revuelto y pandémico con nuestra lista de preguntas, nuestros buenos deseos para el 2021 que, confiamos, se concretarán con el trabajo y la voluntad tejida por todas, todos y todes.

Andrea Gutiérrez Vásquez.

Una escena repetida: actrices en alerta.

“La violencia de género es la primera escuela de todas las otras formas de violencia” Rita Segato.

Las organizaciones feministas vivimos hoy una de nuestras jornadas más sustantivas, una fecha que es una herida abierta en nuestras agendas activistas. Hoy en el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres y las niñas, nos desplegamos por los territorios, porque nuestra existencia está marcada por la violencia, que convive y se trenza con todo nuestro quehacer, con nuestras vidas personales, con nuestros trabajos, con nuestras relaciones y por supuesto con nuestro activismo. Cuando decimos que en este día nos levantamos contra todas las violencias, lo decimos porque nos alzamos juntas para visibilizar, para denunciar, para nombrar y señalar, porque no permitiremos que se silencie nunca más nuestra voz, porque  nunca más seremos grito solitario, sino coro de miles de voces.

Sabemos y entendemos que la violencia contra las mujeres es de carácter estructural y está lejos de habitar en un solo ámbito o manifestarse de una sola manera, pues la complejidad de la violencia radica en el entramado invisible y simbólico que la sostiene, lo que vuelve urgente y necesario identificarla para contribuir a erradicarla.

En el mundo del arte y la cultura, el reconocimiento de la violencia en los espacios de trabajo y de formación es aún un desafío pendiente, pese al esfuerzo que realizamos desde distintas organizaciones, ésta parece aun ser una demanda eclipsada por temas más urgentes, pero definitivamente no hay nada más urgente que el riesgo de que una mujer vea truncada su vida por uno o más episodios de violencia.

Siento la responsabilidad de hablar desde mi hábitat, la Red de actrices chilenas, cuya formación en el agitado 2018 feminista está directamente relacionada con la violencia que vivimos las actrices. Quisiera solamente enunciar dos aspectos que aparecieron en el marco de una investigación mayor, que pude realizar sobre violencia de género en el espacio de trabajo y formación de actrices, la que se hace patente desde nuestra etapa de formación, violencias que vivimos todas las mujeres, pero que adoptan camaleónicamente las características de cada quehacer, valiéndose de sus rasgos específicos para operar desde la sombra. Lo escribo aquí para dejar constancia, plasmar una protesta, como huella,  como grito, un llamado de atención a quienes aún creen que este es un tema que pueden soslayar.

El mandato capitalista y patriarcal de propiedad sobre el cuerpo de las mujeres, se manifiesta en la carrera de una actriz desde su etapa de formación, allí  se consolida la noción de que en el ejercicio profesional su cuerpo es un territorio público, motivo de opinión, debate, juicio y crítica, sobre él recaen fuertemente los estereotipos como elementos coercitivos, constituyéndose este ejercicio de violencia simbólica como parte integral de la formación de una actriz y como punto de partida a una escalada de violencia sobre su cuerpo, así se dan lugar una serie de situaciones laborales donde es el cuerpo, como objeto, el que concita la principal atención. Desde ese punto de partida la distorsión se instala desde el origen, naturalizando el hecho de que el cuerpo no nos  es propio y que se encuentra en permanente evaluación, cosificación y escrutinio. Bajo el ardid de que es tu herramienta de trabajo se suceden una serie de vulneraciones que en absoluto se vinculan al ejercicio profesional.

La precariedad es otro escenario de coerción,  la actriz es una trabajadora con un régimen laboral complejo y particular, que se encuentra en una especial condición de vulnerabilidad pues siempre está buscando trabajo, la naturaleza breve de los proyectos no solo afecta las condiciones de vida material  sino que se traduce en una delicada inestabilidad laboral que además se intersecta con su condición de mujeres, pues desata una serie de abusos de poder en las relaciones laborales y mecanismos coercitivos como condicionante para obtener un trabajo, estos mecanismos son muchas veces difíciles de distinguir y sobre todo de denunciar pues se encuentran en un espacio indeterminado de la relación laboral, pero que además se complejiza considerando que el ámbito de desarrollo profesional es un espacio reducido, de baja empleabilidad, más aún si se desarrolla en regiones. Esta y otras situaciones deberían considerarse como prioritarias en la defensa de las trabajadoras y en las legislaciones laborales del sector.

Es necesario denunciar en una fecha como esta, la grave ausencia de una perspectiva de género en algunas de nuestras organizaciones, en las universidades o espacios formativos,  en los espacios de trabajo y en el propio Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Esta ausencia genera que la violencia contra las mujeres, más allá de las actrices,  en el terreno de las artes en general, siga perpetuándose a través de prácticas que se reproducen y permanecen anquilosadas como parte constitutiva, pero que urge sean revisadas y saneadas, debemos invitarnos como sociedad a dejar de ser cómplices amparados en el cómodo silencio y hacernos parte de la solución. Ya no es admisible tratar esto como un problema de mujeres,  ya no es admisible ser un simple espectador.

Andrea Gutiérrez Vásquez

La Perseverancia de las Olas

Derechos culturales, una perspectiva Feminista

“Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida para un nuevo avance” Gabriela Mistral 

De perseverancia estamos construidas, de este legado enorme que nos precede, y desde allí es que me animo a traer una reflexión inicial, que provista de la cálida conversación colectiva con mis pares, me ha impulsado a hablar de derechos culturales. Más que encerrarme en un concepto, quisiera dejar abiertas las puertas y ventanas para quien quiera incorporarse a complementar, hacer crecer, dar vuelta o simplemente divagar sobre ellos, pues estoy segura que, desde mi (nuestro) lugar, carezco de la posibilidad de abordar todas sus dimensiones, y por eso decido recorrerlos por una ruta que siento más propia y que lanzo al ruedo con la esperanza de que sea habitada por ideas que quizás no alcanzaron a mis palabras.

Lo cierto es que el proceso constituyente es una instancia que aparece con un horizonte medianamente claro, un plebiscito que apruebe la construcción de una nueva constitución para Chile, -no estoy considerando en este escrito la postura antidemocrática que me parece optar por el rechazo- me emplazo también a no quedarme varada ahí y afinar el ojo aportando una nueva narrativa (no mía, por cierto) sobre los derechos culturales. La ruta que he elegido es desde una perspectiva feminista, no puedo hacerlo de otra forma, pues es desde ésta que quiero que avizoremos la reformulación del orden social de significaciones hegemónicas, patriarcales y colonialistas. Trato de no permitirme ninguna conversación social sin tener alerta los sentidos de cuál es realmente el tablero en el que estamos desplegándonos.

Me interesan los derechos culturales por dos motivos, porque son derechos humanos y porque creo que garantizarlos nos permite entrar en la disputa de un cambio paradigmático y no funcional, donde el mundo de las artes y las mujeres podemos implicarnos en dar cabida a nuevas formas de (re) conocimiento a voces que han sido silenciadas por el canon.  El primer obstáculo que debemos sortear es el desconocimiento de estos derechos, más allá de su enunciado. Los derechos culturales se instituyen cuando se los consagra como derecho humano en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, emitida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el artículo 27, que señala que “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten, toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora, con el propósito de proteger el acceso a los bienes y servicios culturales, protege el disfrute de los mismos y su producción intelectual”.

Pero en la declaración universal las culturas son mucho más que un artículo, son consideradas también como uno de los mecanismos indispensables para hacer posible la existencia y validez de los derechos fundamentales. El propósito, entre otros, de visibilizar los derechos culturales, es activar su musculatura y erradicar ese concepto de cultura controlada, que la reduce a una concepción estática con márgenes rígidos, distante de las personas, inocua, homogénea y sello de tradiciones patriarcales marcadas por la exclusión. La promoción de su urgente consideración en una nueva constitución busca tener en cuenta permanentemente la diversidad cultural, admitiendo su naturaleza dinámica, dialogante, abierta, sostenida por las percepciones, opiniones y acciones de una comunidad en movimiento. Vimos mucho de esto en la contienda simbólica de octubre en adelante, donde las manifestaciones culturales que emergían libres, eran aplastadas por el blanco uniforme para silenciarlas. Es relevante que nos preguntemos qué tradiciones queremos mantener, qué practicas culturales queremos cambiar, a quién falta por sumar, como está y como estará representada la voz de las mujeres en todo aquello.

Otro desafío interesante que creo podemos darnos es la tarea de revisar las recomendaciones de las relatoras especiales de derechos culturales de la ONU, particularmente Farida Shaheed y Karima Bennoune, quienes han mostrado un compromiso con el ejercicio de los derechos culturales de las mujeres en el mundo, pues sabido es que la participación libre de la mujer en la vida cultural es restringida por múltiples mecanismos coercitivos y estructurales, que muchas veces no detectamos o asociamos únicamente a prácticas o privaciones brutales que ejercen ciertas culturas, pero lo cierto es que la participación y expresión cultural de las mujeres vive también limitaciones que tenemos integradas como propias del género, como son la doble o triple jornada laboral que coarta sus libertades o las múltiples manifestaciones de violencia física, política, económica y simbólica. Estos y otros impedimentos están presentes en la vida de las mujeres tanto para el disfrute, como en la realización de sus creaciones artísticas.

Por ello agregaría a esta reflexión la invitación a revisar las investigaciones de pensadoras feministas, como Rita Segato, que han problematizado sobre la violencia como presencia limitante estructural en la vida de las mujeres o Alejandra Castillo en torno a las limitaciones políticas de la mujer en la esfera pública androcéntrica, pues nos ayudan a mantenernos despiertas y críticas.  La participación y representación pública de las mujeres, está atravesada por sus condiciones de vida y esto se manifiesta con claridad en la esfera cultural, reconocerlo es una manera de hacer frente al sistema de dominación del que somos parte tanto hombres como mujeres.

Los derechos culturales como ejercicio colectivo configuran un motor de transformación social, por ende, de interés para quienes creemos que nos debemos como sociedad una revisión profunda en las dinámicas sociales, entre ellas las relacionales de poder presentes en las condiciones laborales, las formas de representación del género, la libertad de expresión y creación, el reconocimiento a los pueblos indígenas y la participación cultural. Levantar este debate nos permitiría ampliar la discusión.

La ocupación contingente del sector cultural, tan necesaria para afrontar la emergencia, debe ser nutrida o enmarcada en una conversación mayor que desborde los límites de la estructura sectorial fragmentada, que nos tiene de cabeza en la política correctiva, a la que no le resto valor, pero estoy segura que esta red puede fortalecerse si también nos damos a pensar en una matriz estructural que supere el modelo subsidiario que, a través de sus sistemas de producción, promueve la atomización y las fracturas.

Ampliar la mirada con una reflexión transversal, nos daría la comunión y libertad para impugnar discursos hegemónicos y normas culturales impuestas. Éste es el momento para aquello, para cambiar la forma en que hemos dialogado los últimos treinta años y sumarnos sin complejos a la radicalidad de la crisis que desató la revuelta social. Las injusticias, violencia y desigualdades que reclama el sector artístico cultural nos anteceden y no obedecen exclusivamente a nuestra realidad, reitero, majaderamente, que obedecen a un orden estructural, que a pesar de que se presente frente a nuestros ojos con las particularidades que tiene nuestro quehacer, forma parte del descontento que nos activó en las calles pidiendo dignidad. No podemos dejar de habitar esta realidad trastocada, pero sí podemos hacernos conscientes y volcarnos como cuerpo a un debate y la reflexión que nos implique, más allá de la demanda inminente, para que no confundamos la premura del hoy con el mañana que queremos construir.

Además de lo escrito, quiero terminar de relacionar los derechos culturales como una demanda que debiese ser absorbida por el movimiento feminista: aunque ya lo es, aún falta nombrarla. Sabido es que para el movimiento feminista la defensa de los derechos humanos no es un ámbito desconocido, así como para la defensa de los derechos humanos no es novedoso el rol fundamental y protagónico de las mujeres, incorporar la dimensión de los derechos culturales como parte fundante y transversal de los derechos humanos, tal y como lo señala el informe de la relatora especial en derecho culturales de la ONU: “los derechos culturales de la mujer proporcionan un nuevo marco para promover todos los demás derechos. La realización de la igualdad de derechos culturales de la mujer debería ayudar a reconstruir el género de manera que trascienda los conceptos de inferioridad y subordinación de la mujer, mejorando así las condiciones para el disfrute pleno y en pie de igualdad de sus derechos humanos en general. Esto requiere un cambio de perspectiva: de considerar la cultura un obstáculo a los derechos humanos de la mujer a garantizar la igualdad de derechos culturales de la mujer.”

El motivo es nítido, pues el feminismo tiene ese llamado superior de transformación del orden social que debe ser cultural, no debe ser nunca el poder por el poder, debe surgir de la búsqueda incesante de la deconstrucción neoliberal y patriarcal. No queremos buscar cupos en un espacio público cuyos márgenes nos oprimen, queremos transformarlo, pero además estamos dispuestas, desde las redes que habitamos, a reflexionar junto a nuestras compañeras para aportar, pues tal como señala Miranda Fricker “no podemos hablar de sociedades que respetan los derechos culturales, y mucho menos los de las mujeres, si no cuestionamos cómo estamos construyendo en nuestras democracias”, y ése es precisamente el momento en que nos encontramos, porque como mujeres y particularmente como creadoras y trabajadoras culturales, poseemos un espíritu crítico que se nutre de la sabiduría del colectivo histórico y sus experiencias de vida.

Me motiva creer que nos situamos en este desafío mayor, el de promover y discutir los derechos culturales en profundidad, que es, a su vez, discutir el cambio de las estructuras democráticas con sentido de pertenencia desde donde estamos situadas. Así podremos ir más allá de la frase armada de campaña, implicándonos con la conciencia despierta de que la existencia del cuerpo legal no garantiza per se un ejercicio pleno, pero que la disputa también es simbólica, no en un afán minimizante, sino que en aquél más profundo, complejo y arraigado socialmente, aquél que sustenta e impulsa la realidad material.

Quisiera también alentar a quienes son más escépticas y escépticos a que legislar sobre esto no implica la necesidad de tener un concepto previo de culturas, tampoco significa normar aquello que nunca será regulable.
Mi propósito es hacer germinar la inquietud y la rebelde esperanza de que sean también los derechos culturales una posibilidad de subvertir el orden androcéntrico, que nuestras olas obstinadas se hagan presentes en la participación cultural, considerando que el disfrute de este derecho protege la dignidad de las mujeres y las niñas en sus culturas y resuenan en un relato de un estado plurinacional que nos incluya cabalmente.

Andrea Gutiérrez Vásquez

Publicado en Palabra Pública de Universidad de Chile

3 de Septiembre 2020

Tocando fondo

 

portada Tocando Fondo

 

 

Asomarse a las noticias en tiempos de pandemia es un deporte de alto riesgo, más aún en Chile, donde las noticias suelen ser, una tras otra, golpes bajos de un sistema agónico que sigue siendo custodiado a ultranza por quienes nos gobiernan. Las “ayudas” aparecieron tarde y resultan insuficientes, resguardan los intereses económicos de los de siempre, incrementando la asfixia de los habitantes de éste, nuestro país. Aquéllas y aquéllos que caminaban al borde del precipicio económico antes de la pandemia experimentan una caída libre de la que el gobierno se desentiende, peor aún, contempla con fría indiferencia y aprovecha de ofrecer créditos encubiertos, que muchas y muchos se verán forzados a tomar. Mientras escribo esto que tengo atorado, mi mente recapitula las frases que profundizan la violencia del trato recibido:

“Le vamos a estar regalando plata a personas que no la necesitan” dijo Allamand sobre retiro de fondos de AFP.

“a la izquierda le encanta que las personas vivan del Estado – nosotros no queremos que dependan del Estado” decía Pepa Hoffmann en la discusión sobre bono de emergencia

“creemos que la vía de solución es hacernos cargo de este universo enorme de padres que no tienen con quién dejar a sus hijos y no sólo priorizar a 22 mil mujeres” decía la Ministra Zaldívar negándose al post natal de emergencia.

“Hay veces que parece que la estupidez no tiene límite” señaló Felipe Guevara, intendente de la RM al referirse al jardín infantil de la empresa Fruna, criminalizando mujeres trabajadoras que no han recibido el cuidado que se espera por parte del Estado ni de su empresa.

Estas frases son sólo una muestra de cómo las puertas se cierran una tras otra. Contemplamos con impotencia el rechazo a iniciativas como el post natal de emergencia (tal y como fue propuesto), el retiro del 10% de los fondos de la AFP, o el congelamiento del cobro de servicios básicos, todos proyectos sensatos, amenazados de veto o con ser enviados al tribunal constitucional.

En el golpeado sector cultural la tónica no es distinta. A la reasignación presupuestaria de 15 mil millones, de la que aún se desconocen sus detalles, le siguió la negativa a los apoyos directos a las trabajadoras y trabajadores, argumentando limitaciones normativa, lo que dio paso a la ayuda concursable a través de los “Fondos de emergencia” los que se acabaron antes de que se cumpliera el plazo anunciado para su cierre, dejando a cientos de postulantes con un proyecto elaborado, sin enviar, a esto se suma que la elaboración del presupuesto 2021 debe ser con base cero, es decir el presupuesto de cultura podría reducirse aún más. La ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Consuelo Valdés, en una reunión conjunta de la Comisión de Cultura y Hacienda de la cámara de diputados el lunes 6 de julio de 2020, concluía su intervención señalando: “Podemos hacer lo que podemos con lo que tenemos”. Ésa es la respuesta que entrega la máxima autoridad cultural a un sector que se cae a pedazos y que probablemente será uno de los últimos en ponerse en pie, ella lo sabe y ha optado por calzarse una camisa de fuerza burocrática, mostrarse impotente, sin peso político, develando, una vez más, la poca jerarquía que tiene el sector en la política nacional, por lo tanto, en el presupuesto nacional. Escuchándola, pienso “preparémonos, porque esto sólo será peor”.

A pesar de esto, el sector está movilizado, las organizaciones, en sus diversas formas, han sacado adelante campañas sociales y han elaborado propuestas colaborativas, se han mantenido sin descanso, sin pausa y sin decaer, asistiendo rigurosamente a la gran cantidad de reuniones y mesas estériles que ha propiciado la autoridad, que no presentan avances en los temas urgentes.

Fruto de la organización nace “El Plan de emergencia y reactivación Cultural” redactado por la Coordinadora Intersectorial Cultura en Emergencia, la que aún sigue sumando organizaciones y agentes a su trabajo.

El Plan  propuesto incluye 15 medidas y prioriza 6, de carácter urgente:

1. Frenar inmediatamente los recortes al presupuesto del Ministerio de las Culturas las Artes y el Patrimonio.

2. Impulsar un decreto que le entregue las facultades al Ministerio para la entrega de apoyos directos.

3. Implementación de consejos sectoriales ampliados de emergencia a nivel nacional y en cada región del país.

4- Detalles de las reasignaciones internas de 15 mil millones para el plan de apoyo, y futuros movimientos presupuestarios.

5- Suspender la exigencia de cofinanciamiento en dinero para todos los concursos y fondos 2019 – 2020.

6- Implementación de ficha individual para trabajadoras y trabajadores de la cultura, las artes y el patrimonio, para facilitar la vinculación con beneficios sociales o fondos de otros ministerios.

Mientras se desarrolla el debate oficial, con una calma que desespera, el mundo organizado cree firmemente en la tarea de enaltecer la cultura en el amplio sentido, si verdaderamente queremos reconstruirnos como sociedad después de la pandemia, esta reivindicación debe ser prioritaria pues tiene directa relación con las formas en que nos relacionaremos como comunidad a futuro, la ayuda popular está vigente desde el primer día, solidaria y colaborativa, enfrentando con articulación la soledad y el abandono.

 

Las ollas comunes, principalmente impulsadas por mujeres, se levantan en cada barrio donde el hambre corroe, las ventas por cuenta propia de productos aparecen para enfrentar la cesantía que se cuela por las paredes de muchos hogares ¿la respuesta del gobierno? Sancionar sanitariamente a las ollas comunes, ordenar al Servicio de Impuestos Internos la fiscalización a las ventas informales, lo que muestra una sintonía fina con la violencia hacia el pueblo.

En cultura, cientos de compañeras y compañeros movilizados han gestionado y siguen entregando cajas de ayudas y organizando fondos solidarios: ADTRES, SIDARTE, TRAMUS, SINTECI, Compañías Teatrales en Red, Red de Educadores, Red Nacional Danza Sur, entre tantos otros. Desde la Red de Actrices RACH llevamos 4 fondos solidarios para apoyar a nuestra compañeras y lo seguiremos haciendo, porque no podemos sentarnos y decir: “podemos hacer lo que podemos con lo que tenemos” no podemos hacerlo por un imperativo ético, no podemos quedarnos en compás de espera, para recién contabilizar las víctimas, cuando acabe la pandemia.

Andrea Gutiérrez Vásquez

 

No solo sobrevivir 

 

 

Quienes trabajamos con públicos, con personas que acogen el trabajo que ofrecemos, artistas, gestorxs, productorxs, técnicxs, diseñadorxs, acomodadorxs, boleterxs, personal de aseo y un gran etcétera, tenemos la fortuna de experimentar la vibración en vivo de sus sentires, de sus risas, sus lágrimas, sus respiraciones, sus cantos a coro, su consternación frente al descubrimiento, su ceño fruncido por la reflexión o el enojo.

Hoy la pandemia ha quebrado esa comunión, no sabemos hasta cuándo. Esta realidad ineludible ha hecho cobrar relieve a múltiples vías, caminos o plataformas para que el hilo no se corte y continúe de manera diferente, muy diferente dirán algunos. Ahí se alzan voces a favor y voces en contra, como en todo, porque a la hora de discutir cualquier tema, somos un gran estadio con barras bravas, pero si salimos por un instante del binarismo de lo bueno y lo malo para contemplar la diversidad de matices en aquellas voces, algunas viscerales, otras puristas, otras muy agudas o las infaltables repetidoras, veremos algunos destellos, más que interesantes, sobre el presente de las artes en vivo.

Sin querer encender más la arista polémica y sin pretender tampoco ahogar discusiones sobre el quehacer que problematizan este nuevo fenómeno en su desafiante dimensión artística, política y económica (entre otras) y entendiendo también, que la mayoría del público no logra ingresar a estas conversaciones porque su puerta de entrada a lo que hacemos es otra, me ha resultado estimulante preguntarme ¿por qué vale la pena intentar mantener encendida la llama del arte en vivo y buscar maneras de que siga vibrando aunque sea filtrado por una mascarilla tecnológica?

Para intentar responder (este escrito no es más que un intento) veo que mi trabajo, como para muchxs, ha sido una forma de sentirme viva en estos tiempos, porque como la mayoría, quiero sobrevivir a esta pandemia pero no quiero dejar de vivir, para eso la pulsión creativa, vista como instintito primario, es un acto de rebeldía contra la muerte y tenemos que, por necesidad, darle cause.

La naturaleza humana no está hecha para rendirse, me aferro a esa idea como un mantra, el ingenio ha empujado las creaciones más asombrosas y sencillas en momentos de restricción. En mi estadía en Italia, hace tantos años que parece la vida de otra persona, le pregunté a un amigo ¿por qué será la que comida italiana es tan rica y tan sencilla en sus ingredientes? Él me respondió: muchos platos han sido creados combinando la generosidad de la naturaleza con la carencia, el caldo del día anterior al siguiente se convertirá en un delicioso risotto. La explicación me pareció tan hermosa como cierta, ese diálogo restricción y abundancia de naturaleza o creatividad es un arma infalible de subsistencia, porque nos avisa como un grito interno que es posible continuar.

Me ronda en la cabeza ¿cómo se desafiará nuestro instinto creativo dialogando con esta nueva escena? ¿cómo y qué nos permitirá hacer? ¿qué surgirá de todo esto? también me pregunto, me resulta inevitable, ¿cómo podemos hacerlo de manera justa, para que la indagación de nuevos lenguajes artísticos, de nuevas formas de conectar con los públicos, no sea a la vez,  una nueva forma de precariedad laboral, cómo lo evitamos y nos protegemos, eso es también prioritario. Así que si queremos hacerlo, porque nadie está obligado, no usemos tiempo en levantar más muros a este encierro porque caerán tarde o temprano, recorramos nuestras inquietudes de manera genuina y guiados por esta irrefrenable pulsión.

Tenemos barreras suficientes con un gobierno pantalla que cuida los abultados bolsillos más que vidas, que nos asfixia con información confusa y ambigua, que sólo derrama temor como herramienta de control, pero a pesar de ello resistimos y seguimos soñando obstinadamente, porque no queremos que esta pausa nos arrebate la posibilidad de vibrar, conmocionarnos, conocernos, escucharnos, llorar y reírnos, reírnos mientras lloramos, llorar de tanto reírnos y sobre todo conectarnos, contenernos, acompañarnos. Si hay que explorar, si hay que indagar, si hay que disentir, si hay que equivocarse, prefiero correr el riesgo.

 

 

LA FALACIA DE LOS 15 MIL MILLONES

 

 

Creo no ser la única que cuando ve una cifra para abordar cualquier problema social, siente que lo números son prepotentes, una moneda de cambio para acallar los reclamos. Insuficientes, no por la suma, sino porque encubren realidades complejas que no logran comprenderse del todo. Cortan el debate y terminan desatando desentendimientos sociales, como ayer el #Noalos15milmillones

Trataré de desarrollar por qué esta crisis en el sector cultural puede ayudarnos a quienes trabajamos en él a evidenciar un colapso sistémico, que por supuesto excede a las trabajadoras y trabajadores de la cultura, porque es una realidad presente en millones de chilenos y chilenas que hoy escuchan medidas paliativas que no les contemplan en absoluto. Una larga historia que habla de informalidad laboral, de condiciones precarias, de nula protección social, y que se traduce en miles y miles de personas que viven al día. ¿Les suena familiar? 

Las y los trabajadores de la cultura, en su mayoría, dependen de proyectos o temporadas. A esto se le suma algo, que pueden haber leído ayer quienes revisan las redes sociales: no son considerados trabajadoras y trabajadores que aporten al país. Su trabajo es invisible, poco valorado y estigmatizado. Aún se cree que los artistas son una elite privilegiada. Quizás muchas y muchos lo son porque tuvieron educación superior, que en este país es un lujo. Pero detrás de muchos de ellos hay deudas universitarias que merman aún más su día a día, insisto majaderamente, como a muchas y muchos en Chile. Esta conclusión ramplona e injusta, que tiene un sector de la sociedad, es el resultado de un sistema que premia el éxito económico como el máximo ascenso al Olimpo neoliberal. Otro motivo que imagino ayuda a esta estigmatización, es que probablemente lo que se ve públicamente del mundo artístico cultural es a unas y unos pocos que tienen la fortuna de tener una solvencia económica y reconocimiento público. Pero sepan ustedes que esto escapa totalmente de la realidad general, que no se aleja, insisto, de la muchas personas que hoy ven con desesperación que día no trabajado, es un día más sin ingresos. Un proyecto perdido, un sueño enclenque del que brutalmente hemos despertado, porque era una realidad que insistíamos en meter bajo la alfombra hasta octubre, y de la que preferíamos no hablar, porque hablar del mañana era pensar en pobreza segura. 

Lo más interesante o deprimente de las medidas anunciadas por el gobierno, es que ninguna se hace cargo de esta realidad. Todas insisten en promover la falacia de que este sector no está habitado por trabajadoras y trabajadores sino por emprendedores (nombre irritante que se le entregó a todo aquel que el estado abandonó a su suerte y le dijo ráscatelas solo y vuelve rentable tu producto). La inyección de recursos sólo perpetúa y profundiza la precarización de quienes hoy viven el descalabro, el eslabón más delgado de la cadena, pues los dineros se institucionalizan para que chorreen. Quizás es bueno que se sepa de una vez, que muchas veces para que los proyectos artísticos culturales vean la luz hemos pagado de nuestro bolsillo. Así es, creemos tan profundamente en el aporte de lo que hacemos, que hemos pagado por trabajar. 

Todo esto ocurre porque la cultura no escapa de las medidas de otros sectores, tan distintas a las que hemos visto en otros países. Las de Chile son hijas de un estado subsidiario que sólo se mete en aquel espacio donde el privado no llega. En nuestro país no se ha suprimido el cobro de ningún servicio básico, no se ha congelado los pagos de créditos hipotecarios o de consumo para las personas, mucho menos la cuota del CAE, etc. Esas medidas que ayudarían a tanto trabajador independiente o informal invisibilizado en esta crisis sanitaria. En esa misma realidad se encuentra el mundo de la cultura. Ojalá se conformara una gran fuerza de quienes viven esta realidad, así se nos vería como parte de la sociedad y no como parias. No tendríamos que escuchar cómo una derecha concertada y oportunista aprovecha de hacer tendencia en redes sociales su venganza a la postura crítica que el mundo de la cultura ha tenido con este gobierno y con la violación a los derechos humanos que hemos vivido. Pero que se entienda acá que nadie está hablando del gobierno, estamos hablando del Estado de Chile. Por eso a pesar del bullying cibernético nos alegramos que su idea de suprimir el plebiscito no haya prosperado, porque este problema es justamente por la estructura y el rol del Estado que nos ha demarcado la actual constitución principal protectora del modelo actual. 

Por último quiero hacer un ejercicio con esas personas que tanto opinaron el dia de ayer por redes. Sobre todo con figuras públicas como Marcela Vacarezza, que criticaba la inyección de recursos sentada en la ignorancia, vociferando que esto no lo considera prioritario para el común de las personas, personas que comúnmente acompañan sus vidas con música, libros y películas, para darles sentido, hacerla más amable y emocionarse (no se si es su caso). Permítanme decirle a Marcela, y a tantas y tantos otros, que comparar la cultura con salud, con educación, con alimentos, con apoyo a las pymes, es una comparación mañosa. La frase de la salud es lo más importante, que hoy nos resuena fuerte y nos tienen a muchas y muchos voluntariamente recluidos en nuestras casas, esconde una trampa. Las personas tenemos muchas dimensiones a la vez. Para que tu enfermo sonría, pase tranquilo la tarde, se emocione, espere su recuperación, seguro le pondrás una melodía que le guste o le suba el ánimo, le leerás un cuento, un poema, le mostrarás una imagen hermosa, incluso una película o una serie. Cuando mejore querrás invitarlo de regalo a ver una obra o un concierto, y así tu vida se llenará de recuerdos hermosos que podrás contarle a los que vendrán. 

 

Andrea Gutiérrez

Publicado en El Periodista 25 de Marzo 2020

 

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