Cómo dialogar con la herida abierta

 

No es extraño hablar con personas cercanas y constatar que han tenido en estas semanas peleas con familiares, con amistades, con parejas, han abandonado grupos de whatsaap, de apoderados, vecinos, ex compañeros de colegio, universidad,  etc… porque el presente extremo, como me dijo una amiga hace algunos días, no da tiempo a sostener caretas, mucho menos cuando lo que está en discusión es una posición sobre la vida humana, sobre los derechos humanos, asunto que para algunas de nosotras o de nosotros, no está sujeto a relativismos. El paisaje actual no resiste el discurso que levantaron tantos en dictadura para no entrar en complicaciones,  diciendo que no sabían nada de lo que estaba ocurriendo, eso hoy es simplemente insostenible, pero como respuesta a la evidencia está esa otra frase que me deja perpleja, pero lamentablemente no me es desconocida “algo habrán estado haciendo”. Viví como niña la dictadura, no quiero mentir ni mentirme, para mí esa frase condensa, junto con la constitución del 80, la herencia más profunda de Pinochet. Es el muro, es la herida que se abre una y otra vez y que ha vuelto a levantarse en discursos insípidos, desconectados, apatronados, displicentes, los que de manera brutal en este último mes  nos han sacudido más que cualquier terremoto, con este abismo de clase que nuevamente sale a la superficie. Dolorosamente tenemos que asumir que hay gente que cree que es correcto gasear, golpear o herir a estudiantes que hacen un corta calle, a gente que se manifiesta en la Plaza de la Dignidad o toca una olla en su pobla, simplemente porque alteran el orden establecido y eso ha merecido sanciones desmesuradas como heridas de perdigones, golpes de luma, vejaciones sexuales, a niñas, niños, jóvenes, hombres, mujeres, personas lgtb q +, ancianos, ancianas o discapacitados, de todas estas personas hay denuncias formales. Además de las muertes que se suman cada día y que nos negamos a traducir en un número.

Más pantanoso se vuelve el camino cuando esas mismas personas se ciegan al hecho de que estas acciones las ha perpetrado  la fuerza policial o la militar los días que estuvo a cargo de nuestras calles. La ceguera de más de 250 personas que han perdido parcial o totalmente la vista de alguno de sus ojos, tampoco les ha hecho reconocer que se ha fallado, que se ha llevado al límite este sistema injusto que nos hizo estallar. Todo esto es quizás el triunfo más grande de la actual constitución y el modelo que a ultranza protegen, porque en nombre de la propiedad se ha arrasado con la vida humana y nadie de los que gobierna ha sido capaz de reconocer que hemos tocado fondo.

Hoy no me siento disponible a caer en la caricatura binaria de este sistema que opone a los estoicos manifestantes con las personas que sufren porque han perdido sus fuentes laborales, cuando se saquea o daña el comercio, o el patrimonio. No nos pidan que construyamos bandos ficticios entre las personas que desde distintas perspectivas sufren el mismo padecimiento, el abandono, la indiferencia, el liderazgo desenfocado con el que se ha abordado esta rebelión, que pudo ser una oportunidad, pero hoy nos ha fracturado, otra vez. A pesar del dolor que compartimos me rebelo a esta trampa, que quiere confrontarnos entre nosotros. Nosotros los alienígenas no estamos en bandos diferentes, nos comunicamos por telepatía porque la dignidad humana no se obtiene por meritocracia: no ganas por mérito y esfuerzo que no te disparen en la calle,  la dignidad es un derecho de todas las personas y eso es todo lo que acá se reclama de maneras perturbadoras, incómodas o aceptables. Tanto así que hemos resignificado la capital en un acto de justicia simbólica, entregándole ese nombre a nuestro punto de encuentro y reunión, junto con otras resignificaciones culturales a lo largo de Chile que convierten este momento en la primera vez en mucho tiempo que todas las regiones del país tienen algo en común. 

Todo lo que hoy converge en esta revuelta social es de naturalezas disímiles, de manifestaciones complejas. Nunca habíamos estado tan cerca de unos y tan lejos de otros. Son muchos años de esconder basura bajo la alfombra, de agua estancada, de comer del basurero, de especialistas farsantes, de ignorancia bulliciosa, muchas capas, muchos matices, a muchos niveles que fueron generando un pulso social que se aceleró hasta llegar a esta falla multisistémica. No seré yo quien pretenda dar con un diagnóstico político iluminado, sobre todo porque no creo en ellos, pero quiero alentar a que nos hagamos cargo, que abandonemos la lógica de arrogarnos saber quién es o no digno manifestante, de apuntar con el dedo lo que nos parece incorrecto, muy tosco, inadecuado y juzgarlo como si no fuese parte de nosotros, parte de todo esto que está ocurriendo. No caigamos en el error  de despolitizar lo que ocurre, por complejo o inexplicable que nos resulte una acción, acá hay un fenómeno político profundo, repleto de simbolismos, tantos, que a veces son inaccesibles a nuestro limitado entendimiento presente, pero esa naturaleza indescifrable es justamente la que ha logrado que esto no sea manipulable, reducido, ni mucho menos capitalizado o instrumentalizado por la mirada desvinculada de los “representantes”. Por eso, sin excepción, dan tumbos y no reconocen un ecosistema del que se han ido alejando sistemáticamente. 

 

Escribo todo esto lanzando palabras a mi hoja salpicada, para tratar de entender, para no minimizar, para rearmarme y sobre todo para buscar respuesta a la pregunta  que me atormenta, porque después de lo vivido en los últimos treinta y tantos días, de tener mezclados con sangre y miedo los pensamientos, me pregunto cómo vamos a ser capaces de constituirnos en un diálogo constituyente. Me resulta inverosímil la imagen de todas y todos sentados arriba de esa herida abierta participando de un proceso cívico. No somos capaces de sentarnos a la mesa con nuestra familia y resulta que vamos a tener que debatir la constitución, desdoblarnos sin justicia real ni simbólica, sin responsables, porque en este naufragio ninguna autoridad de gobierno ha tenido la altura moral para decir que acá han ocurrido graves violaciones a los derechos humanos y que le han fallado al país, que lo han herido. Lo más cercano a un reconocimiento ha sido la brutal intervención del  jefe de zona de la región metropolitana de carabineros, que declara que para curar el “cáncer de nuestras sociedad” hay que matar “células malas y células buenas”. Así es, el estado ha aplicado una quimioterapia a mansalva para enfrentar esta invasión alienígena que vino a interrumpir su ficticia paz social . Muchos pensarán que no hay cambio social posible sin sangre, sin pérdidas, lo que yo digo es no puede haber una nueva constitución escrita sobre la impunidad. 

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