TRENZANDO

Reflexión en movimiento de una perspectiva feminista sobre las artes y la cultura en una nueva constitución.

Se dice de una trenza que es un tipo de patrón que se caracteriza por entrecruzar dos o más tiras de algún material flexible como alambre, tela o cabello. La flexibilidad de sus partes le permite transitar de manera sinuosa, serpenteando, mezclándose, adaptándose a diferentes terrenos, tejiendo una red conformada de muchas hebras con diversos colores, espesores y tamaños. Esta diversidad, este tejido, es la fortaleza, la consistencia y resistencia de las organizaciones feministas, una red en la que implicarse es sumergirse en un proyecto y ser una hebra más, que se cruza permanentemente con otras hebras, generando un tejido complejo en permanente proceso de gestación.

Los años 2018 y 2019 vieron nacer a numerosas organizaciones feministas en el mundo de las artes y la cultura, agrupadas fundamentalmente en torno a cada uno de los diversos oficios. Nos reuníamos bajo la necesidad de responder a un llamado atávico feminista latinoamericanista y global, la necesidad de volcar, de sacar afuera las vísceras y gritar en colectivo. Después de una larga estadía habitando la soledad vimos explotar las costras y sangrar las heridas de violencias acalladas por demasiado tiempo, surgía impetuosa la necesidad de abrazarnos, darnos las manos, cuidarnos, regalarnos palabras de aliento, vernos frente a frente como un caleidoscopio de espejos, reflejadas en la vivencia común. Encontrarnos fue enamorarnos de nosotras mismas, de nuestra especie.

La trenza se afianzó entre la revuelta feminista y la posterior revuelta social de octubre, ambas eran un cambio cultural que anhelábamos: el inicio del fin de un modelo que nos ha exprimido de vida sin conmiseración. El activismo se volvía exigente, extenuante en momentos; nos movíamos flexibles siendo calle, reuniones, charlas, conversatorios, pancartas, manifiestos, declaraciones, intervenciones, intercalando nuestras múltiples tareas domésticas, laborales, de cuidado, al tiempo que debíamos sobreponernos al dolor de las injusticias, a la negación insultante y aún así seguir adelante, trenzando la voz colectiva contundente del cambio social que empujaba desobediente los márgenes, exigiendo construir, en un coro a voces, una nueva Constitución.

El azote de la pandemia cortó la movilización de cuajo, ya no estábamos confinadas por el letargo, sino para escondernos de la muerte que rondaba y atormentaba al mundo entero, el miedo volvía a habitarnos. En ese momento nuestros oficios artísticos brillaron. Despojadas de su origen, las obras artísticas y las voces de los y las artistas, fueron compañía y consuelo, pero a la vez, nuestro trabajo presente comenzó a extinguirse, la cesantía fue plaga y la sobrevivencia se tomó la agenda: debíamos postergar el optimismo de cambiar el país por el choque frontal con el abandono. La institucionalidad cultural nos miraba por encima del hombro cómo nos hundíamos lentamente. Nuestra marginalidad marcada por la informalidad laboral, la naturaleza inestable de nuestros empleos, el vivir al día, el sobreexplotarnos para mantener una línea de flotación estallaba en nuestra cara, nos transformábamos en una especie en peligro de extinción que a nadie parecía recordar que habitaba este ecosistema, una trabajadora, un trabajador invisible.

La trenza persistente volvía a desplegarse entrecruzando la tragedia con la esperanza del proceso constituyente. Otra vez había que mezclarse, contaminarse, secarse la impotencia para movilizarse a votar apruebo, porque frente a nosotras se abría optimista un plebiscito de resultado rotundo y la posibilidad cierta de reformulación del orden social levantado sobre significaciones hegemónicas, patriarcales y colonialistas.

¿Cómo mirar el futuro constitucional desde  el feminismo y el quehacer artístico, como parte esencial de la cultura? ¿Cómo desafiar, con identidad feminista, conceptos constitucionales para vincularlos al arte y a la cultura como derecho humano? ¿Cómo abrir una reflexión política, cultural y feminista que no se rinda frente a las exclusiones que presenta el proceso constituyente? ¿Cómo alentarnos a seguir? Como siempre, trenzando.

Hilar en clave constituyente

El activismo se cuela por todas las ventanas que la vida diaria permite, se nutre de los descansos y tiempos personales, se bambolea entre el desencanto y la esperanza, se sostiene gracias a la energía de lo colectivo. Lo señalo porque creo que tenemos que dar más valor caracterizar los contextos, pues las organizaciones feministas se elaboran en esos retazos de tiempo compartido e impulsadas por un motor incombustible de transformación profunda, vinculando y articulando siempre la reflexión con la vida misma.

Nos hemos motivado por sostener una conversación despierta sobre el proceso constituyente y sus múltiples tramas, hilaré algunas de las que he sido parte en este desafiante ejercicio cultural, que involucra incluso aprendizajes de códigos ajenos para la gran mayoría de nosotras, para componer una reflexión política que nos haga tomar posición sobre el debate de una nueva constitución, emplazándonos a nosotras mismas para saber desde dónde vamos a hablar, qué es importante traer a esta mesa colectiva, qué se está quedando fuera y cómo podemos incorporarlo. El primer concepto en aparecer fue el de los derechos culturales y cómo abordarlos con una perspectiva feminista. A partir de ellos se desplegaban nuestras concepciones de bien común, de buen vivir, hasta nuestra condición de trabajadoras de las artes, convencidas de que el arte importa, la cultura importa y no solo a nosotras.

Hablar de derechos culturales es hablar de derechos humanos y pensar en su consolidación nos ha permitido abordar el desafío más ambicioso, entrar en la disputa de un cambio paradigmático y no funcional, en el que el mundo de las artes y las mujeres organizadas podemos implicarnos en dar cabida a nuevas formas de (re)conocimiento a voces que han sido silenciadas o descartadas por demasiado tiempo.

Los derechos culturales se instituyen cuando se los consagra como derecho humano en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, emitida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el artículo 27, que señala que “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten, toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora, con el propósito de proteger el acceso a los bienes y servicios culturales, proteger el disfrute de los mismos y su producción intelectual”.

Pero a este enunciado, tantas veces citado, hay que darle muchas vueltas, movilizarlo, conectarlo, transversalizarlo. No podemos permitir que termine en letra muerta ¿Qué podría ser más contradictorio que ver a los derechos culturales convertidos en letra muerta, cuando son un mecanismo indispensable para hacer posible la existencia y validez de todos los demás derechos fundamentales? Es legítimo entonces aspirar a que estos derechos atraviesen la constitución completa, desde la concepción de su escritura hasta la aprobación de ésta, entendiendo que una nueva constitución será el mayor hito cultural de nuestra época.

Es relevante mantener la conciencia de la idea de cultura que estamos reivindicando: aquélla que se sustenta en la naturaleza dinámica, dialogante, abierta, sostenida por las percepciones, opiniones y acciones de una comunidad en movimiento, donde es un legítimo derecho para una sociedad, cambiar y cuestionarse sobre qué tradiciones mantener, qué prácticas culturales nos gustaría cambiar o incorporar, pero sobre todo, a quién falta por sumar, en este sentido considerar el valor que tiene trenzar saberes, que nos encaminen al buen vivir, a cargar de sentido el tiempo presente y reivindicar el derecho al goce que promueven los derechos culturales, tan denostados por el pragmatismo neoliberal y su mal entendida productividad.

El Estado de Chile ha demostrado, a lo largo del tiempo, una mirada restringida sobre la cultura, además de una presencia insustancial en la constitución que comenzamos a dejar atrás. Una señal interesante ha sido el dialogo internacional que se ha dado, en este sentido, en el marco de la pandemia, donde la cultura ha sido reconocida como una necesidad global que atraviesa todos los aspectos de una sociedad y que resulta esencial entregarle la transversalidad necesaria para reformular el concepto que tenemos de desarrollo, crecimiento,  para fortalecer el dialogo entre los países y contribuir a una verdadera recuperación mundial, esto significa salir de los discursos pétreos de las autoridades y tomar la posibilidad que entrega el proceso constituyente para realmente comprender lo preponderante que es para la construcción de una sociedad sana el respeto de los derechos culturales y el contacto desde la niñez con el arte, la creatividad y la sensibilidad a través de una educación integral que promueva una sociedad más justa y tolerante.

Los derechos culturales de las mujeres también deben ser analizados atendiendo a sus diferentes perspectivas: participación, derechos, libertades y acceso, pues existe la evidencia de que nuestra vida cultural es restringida por múltiples mecanismos coercitivos y estructurales, que muchas veces no detectamos o asociamos únicamente a prácticas o privaciones brutales que ejercen ciertas culturas que percibimos como lejanas, pero lo cierto es que la participación y expresión cultural de las mujeres vive también limitaciones que tenemos integradas como propias del género, como son la doble o triple jornada laboral (remunerada o no) o las múltiples manifestaciones de violencia física, política, económica y simbólica. La vida de las mujeres creadoras también está delimitada por la precariedad, por la violencia, por nuestras condiciones de vida. Estos elementos complotan contra la plena participación de las mujeres en el ámbito artístico y cultural, alterando el ecosistema creativo y privándonos de voces esenciales de nuestras culturas. Reconocer estas barreras estructurales es una manera de hacer frente al sistema de dominación androcéntrico del que somos parte, cambiarlo es, probablemente, nuestro mayor desafío cultural.

Como podemos ver, el ejercicio de nuestros derechos culturales colectivos configura un motor de transformación social, por ende, de interés para quienes creemos que nos debemos como sociedad una revisión profunda en las dinámicas sociales, particularmente las relaciones y la distribución del poder, es clave desde nuestros lugares impulsar la activación cultural que permita impugnar discursos hegemónicos. Estamos en el momento para aquello, para cambiar la forma en que hemos dialogado los últimos treinta años. Las injusticias, violencia y desigualdades que reclama el sector artístico cultural no obedecen exclusivamente a nuestra realidad, sino a un orden estructural, que a pesar de que se presente frente a nuestros ojos con las particularidades que tiene nuestro quehacer, forma parte del descontento compartido que nos activó en las calles pidiendo dignidad.

Lo complejo será que esta tarea la haremos habitando aún esta realidad trastocada, donde el poder lo tiene un escuálido porcentaje de la población, por lo que tenemos que hacernos conscientes y volcarnos como trenza flexible y sinuosa a un debate constituyente genuino que vaya sumándose a su vez con otras y con otros, para lograr una activa participación popular que rebalse los límites institucionales de la convención constitucional y sus integrantes, consolidando mecanismos reales de participación ciudadana que no trunquen este proceso.

Defiendo la idea de que los feminismos encarnan la transformación del orden social y que éste es cultural, para nosotras no debe ser nunca una aspiración acceder al poder por el poder: nuestra búsqueda incesante debe ser la deconstrucción neoliberal y patriarcal. No queremos buscar cupos en un espacio público cuyos márgenes nos oprimen, queremos transformarlos y estamos dispuestas, desde las redes que habitamos, a reflexionar junto a nuestras compañeras para aportar, pues tal como señala la filósofa Miranda Fricker “no podemos hablar de sociedades que respetan los derechos culturales, y mucho menos los de las mujeres, si no cuestionamos cómo estamos construyendo en nuestras democracias”, y ése es precisamente el momento en que nos encontramos, porque como mujeres y particularmente como creadoras y trabajadoras culturales, poseemos un espíritu crítico que se nutre de la sabiduría del colectivo histórico y sus experiencias de vida.

La trenza construye el tejido que compone la identidad colectiva, una danza de hebras que recorren un camino propio sabiéndose parte de un todo, hilando las transgresiones de las tejedoras de ayer y las de hoy, proyectando nuestro imaginario hasta concebir una nueva realidad.

Andrea Gutiérrez Vásquez

Diciembre 2020

Publicado en “Resistencias” publicación realizada en el marco del Foro de las Artes 2020.

Publicado por Andrea Gutiérrez Vásquez

Actriz, dramaturga, docente y gestora cultural. Magister de Gobierno y sociedad. Activista Feminista integrante de RACH! Pre Candidata Constituyente D10

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