Entradas de Andrea Gutiérrez Vásquez

Actriz, dramaturga, docente y gestora cultural. Candidata a Magister de Gobierno y sociedad. Activista Feminista integrante de RACH!

La Perseverancia de las Olas

Derechos culturales, una perspectiva Feminista

“Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida para un nuevo avance” Gabriela Mistral 

De perseverancia estamos construidas, de este legado enorme que nos precede, y desde allí es que me animo a traer una reflexión inicial, que provista de la cálida conversación colectiva con mis pares, me ha impulsado a hablar de derechos culturales. Más que encerrarme en un concepto, quisiera dejar abiertas las puertas y ventanas para quien quiera incorporarse a complementar, hacer crecer, dar vuelta o simplemente divagar sobre ellos, pues estoy segura que, desde mi (nuestro) lugar, carezco de la posibilidad de abordar todas sus dimensiones, y por eso decido recorrerlos por una ruta que siento más propia y que lanzo al ruedo con la esperanza de que sea habitada por ideas que quizás no alcanzaron a mis palabras.

Lo cierto es que el proceso constituyente es una instancia que aparece con un horizonte medianamente claro, un plebiscito que apruebe la construcción de una nueva constitución para Chile, -no estoy considerando en este escrito la postura antidemocrática que me parece optar por el rechazo- me emplazo también a no quedarme varada ahí y afinar el ojo aportando una nueva narrativa (no mía, por cierto) sobre los derechos culturales. La ruta que he elegido es desde una perspectiva feminista, no puedo hacerlo de otra forma, pues es desde ésta que quiero que avizoremos la reformulación del orden social de significaciones hegemónicas, patriarcales y colonialistas. Trato de no permitirme ninguna conversación social sin tener alerta los sentidos de cuál es realmente el tablero en el que estamos desplegándonos.

Me interesan los derechos culturales por dos motivos, porque son derechos humanos y porque creo que garantizarlos nos permite entrar en la disputa de un cambio paradigmático y no funcional, donde el mundo de las artes y las mujeres podemos implicarnos en dar cabida a nuevas formas de (re) conocimiento a voces que han sido silenciadas por el canon.  El primer obstáculo que debemos sortear es el desconocimiento de estos derechos, más allá de su enunciado. Los derechos culturales se instituyen cuando se los consagra como derecho humano en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, emitida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el artículo 27, que señala que “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten, toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora, con el propósito de proteger el acceso a los bienes y servicios culturales, protege el disfrute de los mismos y su producción intelectual”.

Pero en la declaración universal las culturas son mucho más que un artículo, son consideradas también como uno de los mecanismos indispensables para hacer posible la existencia y validez de los derechos fundamentales. El propósito, entre otros, de visibilizar los derechos culturales, es activar su musculatura y erradicar ese concepto de cultura controlada, que la reduce a una concepción estática con márgenes rígidos, distante de las personas, inocua, homogénea y sello de tradiciones patriarcales marcadas por la exclusión. La promoción de su urgente consideración en una nueva constitución busca tener en cuenta permanentemente la diversidad cultural, admitiendo su naturaleza dinámica, dialogante, abierta, sostenida por las percepciones, opiniones y acciones de una comunidad en movimiento. Vimos mucho de esto en la contienda simbólica de octubre en adelante, donde las manifestaciones culturales que emergían libres, eran aplastadas por el blanco uniforme para silenciarlas. Es relevante que nos preguntemos qué tradiciones queremos mantener, qué practicas culturales queremos cambiar, a quién falta por sumar, como está y como estará representada la voz de las mujeres en todo aquello.

Otro desafío interesante que creo podemos darnos es la tarea de revisar las recomendaciones de las relatoras especiales de derechos culturales de la ONU, particularmente Farida Shaheed y Karima Bennoune, quienes han mostrado un compromiso con el ejercicio de los derechos culturales de las mujeres en el mundo, pues sabido es que la participación libre de la mujer en la vida cultural es restringida por múltiples mecanismos coercitivos y estructurales, que muchas veces no detectamos o asociamos únicamente a prácticas o privaciones brutales que ejercen ciertas culturas, pero lo cierto es que la participación y expresión cultural de las mujeres vive también limitaciones que tenemos integradas como propias del género, como son la doble o triple jornada laboral que coarta sus libertades o las múltiples manifestaciones de violencia física, política, económica y simbólica. Estos y otros impedimentos están presentes en la vida de las mujeres tanto para el disfrute, como en la realización de sus creaciones artísticas.

Por ello agregaría a esta reflexión la invitación a revisar las investigaciones de pensadoras feministas, como Rita Segato, que han problematizado sobre la violencia como presencia limitante estructural en la vida de las mujeres o Alejandra Castillo en torno a las limitaciones políticas de la mujer en la esfera pública androcéntrica, pues nos ayudan a mantenernos despiertas y críticas.  La participación y representación pública de las mujeres, está atravesada por sus condiciones de vida y esto se manifiesta con claridad en la esfera cultural, reconocerlo es una manera de hacer frente al sistema de dominación del que somos parte tanto hombres como mujeres.

Los derechos culturales como ejercicio colectivo configuran un motor de transformación social, por ende, de interés para quienes creemos que nos debemos como sociedad una revisión profunda en las dinámicas sociales, entre ellas las relacionales de poder presentes en las condiciones laborales, las formas de representación del género, la libertad de expresión y creación, el reconocimiento a los pueblos indígenas y la participación cultural. Levantar este debate nos permitiría ampliar la discusión.

La ocupación contingente del sector cultural, tan necesaria para afrontar la emergencia, debe ser nutrida o enmarcada en una conversación mayor que desborde los límites de la estructura sectorial fragmentada, que nos tiene de cabeza en la política correctiva, a la que no le resto valor, pero estoy segura que esta red puede fortalecerse si también nos damos a pensar en una matriz estructural que supere el modelo subsidiario que, a través de sus sistemas de producción, promueve la atomización y las fracturas.

Ampliar la mirada con una reflexión transversal, nos daría la comunión y libertad para impugnar discursos hegemónicos y normas culturales impuestas. Éste es el momento para aquello, para cambiar la forma en que hemos dialogado los últimos treinta años y sumarnos sin complejos a la radicalidad de la crisis que desató la revuelta social. Las injusticias, violencia y desigualdades que reclama el sector artístico cultural nos anteceden y no obedecen exclusivamente a nuestra realidad, reitero, majaderamente, que obedecen a un orden estructural, que a pesar de que se presente frente a nuestros ojos con las particularidades que tiene nuestro quehacer, forma parte del descontento que nos activó en las calles pidiendo dignidad. No podemos dejar de habitar esta realidad trastocada, pero sí podemos hacernos conscientes y volcarnos como cuerpo a un debate y la reflexión que nos implique, más allá de la demanda inminente, para que no confundamos la premura del hoy con el mañana que queremos construir.

Además de lo escrito, quiero terminar de relacionar los derechos culturales como una demanda que debiese ser absorbida por el movimiento feminista: aunque ya lo es, aún falta nombrarla. Sabido es que para el movimiento feminista la defensa de los derechos humanos no es un ámbito desconocido, así como para la defensa de los derechos humanos no es novedoso el rol fundamental y protagónico de las mujeres, incorporar la dimensión de los derechos culturales como parte fundante y transversal de los derechos humanos, tal y como lo señala el informe de la relatora especial en derecho culturales de la ONU: “los derechos culturales de la mujer proporcionan un nuevo marco para promover todos los demás derechos. La realización de la igualdad de derechos culturales de la mujer debería ayudar a reconstruir el género de manera que trascienda los conceptos de inferioridad y subordinación de la mujer, mejorando así las condiciones para el disfrute pleno y en pie de igualdad de sus derechos humanos en general. Esto requiere un cambio de perspectiva: de considerar la cultura un obstáculo a los derechos humanos de la mujer a garantizar la igualdad de derechos culturales de la mujer.”

El motivo es nítido, pues el feminismo tiene ese llamado superior de transformación del orden social que debe ser cultural, no debe ser nunca el poder por el poder, debe surgir de la búsqueda incesante de la deconstrucción neoliberal y patriarcal. No queremos buscar cupos en un espacio público cuyos márgenes nos oprimen, queremos transformarlo, pero además estamos dispuestas, desde las redes que habitamos, a reflexionar junto a nuestras compañeras para aportar, pues tal como señala Miranda Fricker “no podemos hablar de sociedades que respetan los derechos culturales, y mucho menos los de las mujeres, si no cuestionamos cómo estamos construyendo en nuestras democracias”, y ése es precisamente el momento en que nos encontramos, porque como mujeres y particularmente como creadoras y trabajadoras culturales, poseemos un espíritu crítico que se nutre de la sabiduría del colectivo histórico y sus experiencias de vida.

Me motiva creer que nos situamos en este desafío mayor, el de promover y discutir los derechos culturales en profundidad, que es, a su vez, discutir el cambio de las estructuras democráticas con sentido de pertenencia desde donde estamos situadas. Así podremos ir más allá de la frase armada de campaña, implicándonos con la conciencia despierta de que la existencia del cuerpo legal no garantiza per se un ejercicio pleno, pero que la disputa también es simbólica, no en un afán minimizante, sino que en aquél más profundo, complejo y arraigado socialmente, aquél que sustenta e impulsa la realidad material.

Quisiera también alentar a quienes son más escépticas y escépticos a que legislar sobre esto no implica la necesidad de tener un concepto previo de culturas, tampoco significa normar aquello que nunca será regulable.
Mi propósito es hacer germinar la inquietud y la rebelde esperanza de que sean también los derechos culturales una posibilidad de subvertir el orden androcéntrico, que nuestras olas obstinadas se hagan presentes en la participación cultural, considerando que el disfrute de este derecho protege la dignidad de las mujeres y las niñas en sus culturas y resuenan en un relato de un estado plurinacional que nos incluya cabalmente.

Andrea Gutiérrez Vásquez

Publicado en Palabra Pública de Universidad de Chile

3 de Septiembre 2020

Tocando fondo

 

portada Tocando Fondo

 

 

Asomarse a las noticias en tiempos de pandemia es un deporte de alto riesgo, más aún en Chile, donde las noticias suelen ser, una tras otra, golpes bajos de un sistema agónico que sigue siendo custodiado a ultranza por quienes nos gobiernan. Las “ayudas” aparecieron tarde y resultan insuficientes, resguardan los intereses económicos de los de siempre, incrementando la asfixia de los habitantes de éste, nuestro país. Aquéllas y aquéllos que caminaban al borde del precipicio económico antes de la pandemia experimentan una caída libre de la que el gobierno se desentiende, peor aún, contempla con fría indiferencia y aprovecha de ofrecer créditos encubiertos, que muchas y muchos se verán forzados a tomar. Mientras escribo esto que tengo atorado, mi mente recapitula las frases que profundizan la violencia del trato recibido:

“Le vamos a estar regalando plata a personas que no la necesitan” dijo Allamand sobre retiro de fondos de AFP.

“a la izquierda le encanta que las personas vivan del Estado – nosotros no queremos que dependan del Estado” decía Pepa Hoffmann en la discusión sobre bono de emergencia

“creemos que la vía de solución es hacernos cargo de este universo enorme de padres que no tienen con quién dejar a sus hijos y no sólo priorizar a 22 mil mujeres” decía la Ministra Zaldívar negándose al post natal de emergencia.

“Hay veces que parece que la estupidez no tiene límite” señaló Felipe Guevara, intendente de la RM al referirse al jardín infantil de la empresa Fruna, criminalizando mujeres trabajadoras que no han recibido el cuidado que se espera por parte del Estado ni de su empresa.

Estas frases son sólo una muestra de cómo las puertas se cierran una tras otra. Contemplamos con impotencia el rechazo a iniciativas como el post natal de emergencia (tal y como fue propuesto), el retiro del 10% de los fondos de la AFP, o el congelamiento del cobro de servicios básicos, todos proyectos sensatos, amenazados de veto o con ser enviados al tribunal constitucional.

En el golpeado sector cultural la tónica no es distinta. A la reasignación presupuestaria de 15 mil millones, de la que aún se desconocen sus detalles, le siguió la negativa a los apoyos directos a las trabajadoras y trabajadores, argumentando limitaciones normativa, lo que dio paso a la ayuda concursable a través de los “Fondos de emergencia” los que se acabaron antes de que se cumpliera el plazo anunciado para su cierre, dejando a cientos de postulantes con un proyecto elaborado, sin enviar, a esto se suma que la elaboración del presupuesto 2021 debe ser con base cero, es decir el presupuesto de cultura podría reducirse aún más. La ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Consuelo Valdés, en una reunión conjunta de la Comisión de Cultura y Hacienda de la cámara de diputados el lunes 6 de julio de 2020, concluía su intervención señalando: “Podemos hacer lo que podemos con lo que tenemos”. Ésa es la respuesta que entrega la máxima autoridad cultural a un sector que se cae a pedazos y que probablemente será uno de los últimos en ponerse en pie, ella lo sabe y ha optado por calzarse una camisa de fuerza burocrática, mostrarse impotente, sin peso político, develando, una vez más, la poca jerarquía que tiene el sector en la política nacional, por lo tanto, en el presupuesto nacional. Escuchándola, pienso “preparémonos, porque esto sólo será peor”.

A pesar de esto, el sector está movilizado, las organizaciones, en sus diversas formas, han sacado adelante campañas sociales y han elaborado propuestas colaborativas, se han mantenido sin descanso, sin pausa y sin decaer, asistiendo rigurosamente a la gran cantidad de reuniones y mesas estériles que ha propiciado la autoridad, que no presentan avances en los temas urgentes.

Fruto de la organización nace “El Plan de emergencia y reactivación Cultural” redactado por la Coordinadora Intersectorial Cultura en Emergencia, la que aún sigue sumando organizaciones y agentes a su trabajo.

El Plan  propuesto incluye 15 medidas y prioriza 6, de carácter urgente:

1. Frenar inmediatamente los recortes al presupuesto del Ministerio de las Culturas las Artes y el Patrimonio.

2. Impulsar un decreto que le entregue las facultades al Ministerio para la entrega de apoyos directos.

3. Implementación de consejos sectoriales ampliados de emergencia a nivel nacional y en cada región del país.

4- Detalles de las reasignaciones internas de 15 mil millones para el plan de apoyo, y futuros movimientos presupuestarios.

5- Suspender la exigencia de cofinanciamiento en dinero para todos los concursos y fondos 2019 – 2020.

6- Implementación de ficha individual para trabajadoras y trabajadores de la cultura, las artes y el patrimonio, para facilitar la vinculación con beneficios sociales o fondos de otros ministerios.

Mientras se desarrolla el debate oficial, con una calma que desespera, el mundo organizado cree firmemente en la tarea de enaltecer la cultura en el amplio sentido, si verdaderamente queremos reconstruirnos como sociedad después de la pandemia, esta reivindicación debe ser prioritaria pues tiene directa relación con las formas en que nos relacionaremos como comunidad a futuro, la ayuda popular está vigente desde el primer día, solidaria y colaborativa, enfrentando con articulación la soledad y el abandono.

 

Las ollas comunes, principalmente impulsadas por mujeres, se levantan en cada barrio donde el hambre corroe, las ventas por cuenta propia de productos aparecen para enfrentar la cesantía que se cuela por las paredes de muchos hogares ¿la respuesta del gobierno? Sancionar sanitariamente a las ollas comunes, ordenar al Servicio de Impuestos Internos la fiscalización a las ventas informales, lo que muestra una sintonía fina con la violencia hacia el pueblo.

En cultura, cientos de compañeras y compañeros movilizados han gestionado y siguen entregando cajas de ayudas y organizando fondos solidarios: ADTRES, SIDARTE, TRAMUS, SINTECI, Compañías Teatrales en Red, Red de Educadores, Red Nacional Danza Sur, entre tantos otros. Desde la Red de Actrices RACH llevamos 4 fondos solidarios para apoyar a nuestra compañeras y lo seguiremos haciendo, porque no podemos sentarnos y decir: “podemos hacer lo que podemos con lo que tenemos” no podemos hacerlo por un imperativo ético, no podemos quedarnos en compás de espera, para recién contabilizar las víctimas, cuando acabe la pandemia.

Andrea Gutiérrez Vásquez

 

No solo sobrevivir 

 

 

Quienes trabajamos con públicos, con personas que acogen el trabajo que ofrecemos, artistas, gestorxs, productorxs, técnicxs, diseñadorxs, acomodadorxs, boleterxs, personal de aseo y un gran etcétera, tenemos la fortuna de experimentar la vibración en vivo de sus sentires, de sus risas, sus lágrimas, sus respiraciones, sus cantos a coro, su consternación frente al descubrimiento, su ceño fruncido por la reflexión o el enojo.

Hoy la pandemia ha quebrado esa comunión, no sabemos hasta cuándo. Esta realidad ineludible ha hecho cobrar relieve a múltiples vías, caminos o plataformas para que el hilo no se corte y continúe de manera diferente, muy diferente dirán algunos. Ahí se alzan voces a favor y voces en contra, como en todo, porque a la hora de discutir cualquier tema, somos un gran estadio con barras bravas, pero si salimos por un instante del binarismo de lo bueno y lo malo para contemplar la diversidad de matices en aquellas voces, algunas viscerales, otras puristas, otras muy agudas o las infaltables repetidoras, veremos algunos destellos, más que interesantes, sobre el presente de las artes en vivo.

Sin querer encender más la arista polémica y sin pretender tampoco ahogar discusiones sobre el quehacer que problematizan este nuevo fenómeno en su desafiante dimensión artística, política y económica (entre otras) y entendiendo también, que la mayoría del público no logra ingresar a estas conversaciones porque su puerta de entrada a lo que hacemos es otra, me ha resultado estimulante preguntarme ¿por qué vale la pena intentar mantener encendida la llama del arte en vivo y buscar maneras de que siga vibrando aunque sea filtrado por una mascarilla tecnológica?

Para intentar responder (este escrito no es más que un intento) veo que mi trabajo, como para muchxs, ha sido una forma de sentirme viva en estos tiempos, porque como la mayoría, quiero sobrevivir a esta pandemia pero no quiero dejar de vivir, para eso la pulsión creativa, vista como instintito primario, es un acto de rebeldía contra la muerte y tenemos que, por necesidad, darle cause.

La naturaleza humana no está hecha para rendirse, me aferro a esa idea como un mantra, el ingenio ha empujado las creaciones más asombrosas y sencillas en momentos de restricción. En mi estadía en Italia, hace tantos años que parece la vida de otra persona, le pregunté a un amigo ¿por qué será la que comida italiana es tan rica y tan sencilla en sus ingredientes? Él me respondió: muchos platos han sido creados combinando la generosidad de la naturaleza con la carencia, el caldo del día anterior al siguiente se convertirá en un delicioso risotto. La explicación me pareció tan hermosa como cierta, ese diálogo restricción y abundancia de naturaleza o creatividad es un arma infalible de subsistencia, porque nos avisa como un grito interno que es posible continuar.

Me ronda en la cabeza ¿cómo se desafiará nuestro instinto creativo dialogando con esta nueva escena? ¿cómo y qué nos permitirá hacer? ¿qué surgirá de todo esto? también me pregunto, me resulta inevitable, ¿cómo podemos hacerlo de manera justa, para que la indagación de nuevos lenguajes artísticos, de nuevas formas de conectar con los públicos, no sea a la vez,  una nueva forma de precariedad laboral, cómo lo evitamos y nos protegemos, eso es también prioritario. Así que si queremos hacerlo, porque nadie está obligado, no usemos tiempo en levantar más muros a este encierro porque caerán tarde o temprano, recorramos nuestras inquietudes de manera genuina y guiados por esta irrefrenable pulsión.

Tenemos barreras suficientes con un gobierno pantalla que cuida los abultados bolsillos más que vidas, que nos asfixia con información confusa y ambigua, que sólo derrama temor como herramienta de control, pero a pesar de ello resistimos y seguimos soñando obstinadamente, porque no queremos que esta pausa nos arrebate la posibilidad de vibrar, conmocionarnos, conocernos, escucharnos, llorar y reírnos, reírnos mientras lloramos, llorar de tanto reírnos y sobre todo conectarnos, contenernos, acompañarnos. Si hay que explorar, si hay que indagar, si hay que disentir, si hay que equivocarse, prefiero correr el riesgo.

 

 

LA FALACIA DE LOS 15 MIL MILLONES

 

 

Creo no ser la única que cuando ve una cifra para abordar cualquier problema social, siente que lo números son prepotentes, una moneda de cambio para acallar los reclamos. Insuficientes, no por la suma, sino porque encubren realidades complejas que no logran comprenderse del todo. Cortan el debate y terminan desatando desentendimientos sociales, como ayer el #Noalos15milmillones

Trataré de desarrollar por qué esta crisis en el sector cultural puede ayudarnos a quienes trabajamos en él a evidenciar un colapso sistémico, que por supuesto excede a las trabajadoras y trabajadores de la cultura, porque es una realidad presente en millones de chilenos y chilenas que hoy escuchan medidas paliativas que no les contemplan en absoluto. Una larga historia que habla de informalidad laboral, de condiciones precarias, de nula protección social, y que se traduce en miles y miles de personas que viven al día. ¿Les suena familiar? 

Las y los trabajadores de la cultura, en su mayoría, dependen de proyectos o temporadas. A esto se le suma algo, que pueden haber leído ayer quienes revisan las redes sociales: no son considerados trabajadoras y trabajadores que aporten al país. Su trabajo es invisible, poco valorado y estigmatizado. Aún se cree que los artistas son una elite privilegiada. Quizás muchas y muchos lo son porque tuvieron educación superior, que en este país es un lujo. Pero detrás de muchos de ellos hay deudas universitarias que merman aún más su día a día, insisto majaderamente, como a muchas y muchos en Chile. Esta conclusión ramplona e injusta, que tiene un sector de la sociedad, es el resultado de un sistema que premia el éxito económico como el máximo ascenso al Olimpo neoliberal. Otro motivo que imagino ayuda a esta estigmatización, es que probablemente lo que se ve públicamente del mundo artístico cultural es a unas y unos pocos que tienen la fortuna de tener una solvencia económica y reconocimiento público. Pero sepan ustedes que esto escapa totalmente de la realidad general, que no se aleja, insisto, de la muchas personas que hoy ven con desesperación que día no trabajado, es un día más sin ingresos. Un proyecto perdido, un sueño enclenque del que brutalmente hemos despertado, porque era una realidad que insistíamos en meter bajo la alfombra hasta octubre, y de la que preferíamos no hablar, porque hablar del mañana era pensar en pobreza segura. 

Lo más interesante o deprimente de las medidas anunciadas por el gobierno, es que ninguna se hace cargo de esta realidad. Todas insisten en promover la falacia de que este sector no está habitado por trabajadoras y trabajadores sino por emprendedores (nombre irritante que se le entregó a todo aquel que el estado abandonó a su suerte y le dijo ráscatelas solo y vuelve rentable tu producto). La inyección de recursos sólo perpetúa y profundiza la precarización de quienes hoy viven el descalabro, el eslabón más delgado de la cadena, pues los dineros se institucionalizan para que chorreen. Quizás es bueno que se sepa de una vez, que muchas veces para que los proyectos artísticos culturales vean la luz hemos pagado de nuestro bolsillo. Así es, creemos tan profundamente en el aporte de lo que hacemos, que hemos pagado por trabajar. 

Todo esto ocurre porque la cultura no escapa de las medidas de otros sectores, tan distintas a las que hemos visto en otros países. Las de Chile son hijas de un estado subsidiario que sólo se mete en aquel espacio donde el privado no llega. En nuestro país no se ha suprimido el cobro de ningún servicio básico, no se ha congelado los pagos de créditos hipotecarios o de consumo para las personas, mucho menos la cuota del CAE, etc. Esas medidas que ayudarían a tanto trabajador independiente o informal invisibilizado en esta crisis sanitaria. En esa misma realidad se encuentra el mundo de la cultura. Ojalá se conformara una gran fuerza de quienes viven esta realidad, así se nos vería como parte de la sociedad y no como parias. No tendríamos que escuchar cómo una derecha concertada y oportunista aprovecha de hacer tendencia en redes sociales su venganza a la postura crítica que el mundo de la cultura ha tenido con este gobierno y con la violación a los derechos humanos que hemos vivido. Pero que se entienda acá que nadie está hablando del gobierno, estamos hablando del Estado de Chile. Por eso a pesar del bullying cibernético nos alegramos que su idea de suprimir el plebiscito no haya prosperado, porque este problema es justamente por la estructura y el rol del Estado que nos ha demarcado la actual constitución principal protectora del modelo actual. 

Por último quiero hacer un ejercicio con esas personas que tanto opinaron el dia de ayer por redes. Sobre todo con figuras públicas como Marcela Vacarezza, que criticaba la inyección de recursos sentada en la ignorancia, vociferando que esto no lo considera prioritario para el común de las personas, personas que comúnmente acompañan sus vidas con música, libros y películas, para darles sentido, hacerla más amable y emocionarse (no se si es su caso). Permítanme decirle a Marcela, y a tantas y tantos otros, que comparar la cultura con salud, con educación, con alimentos, con apoyo a las pymes, es una comparación mañosa. La frase de la salud es lo más importante, que hoy nos resuena fuerte y nos tienen a muchas y muchos voluntariamente recluidos en nuestras casas, esconde una trampa. Las personas tenemos muchas dimensiones a la vez. Para que tu enfermo sonría, pase tranquilo la tarde, se emocione, espere su recuperación, seguro le pondrás una melodía que le guste o le suba el ánimo, le leerás un cuento, un poema, le mostrarás una imagen hermosa, incluso una película o una serie. Cuando mejore querrás invitarlo de regalo a ver una obra o un concierto, y así tu vida se llenará de recuerdos hermosos que podrás contarle a los que vendrán. 

 

Andrea Gutiérrez

Publicado en El Periodista 25 de Marzo 2020

 

Cómo dialogar con la herida abierta

 

No es extraño hablar con personas cercanas y constatar que han tenido en estas semanas peleas con familiares, con amistades, con parejas, han abandonado grupos de whatsaap, de apoderados, vecinos, ex compañeros de colegio, universidad,  etc… porque el presente extremo, como me dijo una amiga hace algunos días, no da tiempo a sostener caretas, mucho menos cuando lo que está en discusión es una posición sobre la vida humana, sobre los derechos humanos, asunto que para algunas de nosotras o de nosotros, no está sujeto a relativismos. El paisaje actual no resiste el discurso que levantaron tantos en dictadura para no entrar en complicaciones,  diciendo que no sabían nada de lo que estaba ocurriendo, eso hoy es simplemente insostenible, pero como respuesta a la evidencia está esa otra frase que me deja perpleja, pero lamentablemente no me es desconocida “algo habrán estado haciendo”. Viví como niña la dictadura, no quiero mentir ni mentirme, para mí esa frase condensa, junto con la constitución del 80, la herencia más profunda de Pinochet. Es el muro, es la herida que se abre una y otra vez y que ha vuelto a levantarse en discursos insípidos, desconectados, apatronados, displicentes, los que de manera brutal en este último mes  nos han sacudido más que cualquier terremoto, con este abismo de clase que nuevamente sale a la superficie. Dolorosamente tenemos que asumir que hay gente que cree que es correcto gasear, golpear o herir a estudiantes que hacen un corta calle, a gente que se manifiesta en la Plaza de la Dignidad o toca una olla en su pobla, simplemente porque alteran el orden establecido y eso ha merecido sanciones desmesuradas como heridas de perdigones, golpes de luma, vejaciones sexuales, a niñas, niños, jóvenes, hombres, mujeres, personas lgtb q +, ancianos, ancianas o discapacitados, de todas estas personas hay denuncias formales. Además de las muertes que se suman cada día y que nos negamos a traducir en un número.

Más pantanoso se vuelve el camino cuando esas mismas personas se ciegan al hecho de que estas acciones las ha perpetrado  la fuerza policial o la militar los días que estuvo a cargo de nuestras calles. La ceguera de más de 250 personas que han perdido parcial o totalmente la vista de alguno de sus ojos, tampoco les ha hecho reconocer que se ha fallado, que se ha llevado al límite este sistema injusto que nos hizo estallar. Todo esto es quizás el triunfo más grande de la actual constitución y el modelo que a ultranza protegen, porque en nombre de la propiedad se ha arrasado con la vida humana y nadie de los que gobierna ha sido capaz de reconocer que hemos tocado fondo.

Hoy no me siento disponible a caer en la caricatura binaria de este sistema que opone a los estoicos manifestantes con las personas que sufren porque han perdido sus fuentes laborales, cuando se saquea o daña el comercio, o el patrimonio. No nos pidan que construyamos bandos ficticios entre las personas que desde distintas perspectivas sufren el mismo padecimiento, el abandono, la indiferencia, el liderazgo desenfocado con el que se ha abordado esta rebelión, que pudo ser una oportunidad, pero hoy nos ha fracturado, otra vez. A pesar del dolor que compartimos me rebelo a esta trampa, que quiere confrontarnos entre nosotros. Nosotros los alienígenas no estamos en bandos diferentes, nos comunicamos por telepatía porque la dignidad humana no se obtiene por meritocracia: no ganas por mérito y esfuerzo que no te disparen en la calle,  la dignidad es un derecho de todas las personas y eso es todo lo que acá se reclama de maneras perturbadoras, incómodas o aceptables. Tanto así que hemos resignificado la capital en un acto de justicia simbólica, entregándole ese nombre a nuestro punto de encuentro y reunión, junto con otras resignificaciones culturales a lo largo de Chile que convierten este momento en la primera vez en mucho tiempo que todas las regiones del país tienen algo en común. 

Todo lo que hoy converge en esta revuelta social es de naturalezas disímiles, de manifestaciones complejas. Nunca habíamos estado tan cerca de unos y tan lejos de otros. Son muchos años de esconder basura bajo la alfombra, de agua estancada, de comer del basurero, de especialistas farsantes, de ignorancia bulliciosa, muchas capas, muchos matices, a muchos niveles que fueron generando un pulso social que se aceleró hasta llegar a esta falla multisistémica. No seré yo quien pretenda dar con un diagnóstico político iluminado, sobre todo porque no creo en ellos, pero quiero alentar a que nos hagamos cargo, que abandonemos la lógica de arrogarnos saber quién es o no digno manifestante, de apuntar con el dedo lo que nos parece incorrecto, muy tosco, inadecuado y juzgarlo como si no fuese parte de nosotros, parte de todo esto que está ocurriendo. No caigamos en el error  de despolitizar lo que ocurre, por complejo o inexplicable que nos resulte una acción, acá hay un fenómeno político profundo, repleto de simbolismos, tantos, que a veces son inaccesibles a nuestro limitado entendimiento presente, pero esa naturaleza indescifrable es justamente la que ha logrado que esto no sea manipulable, reducido, ni mucho menos capitalizado o instrumentalizado por la mirada desvinculada de los “representantes”. Por eso, sin excepción, dan tumbos y no reconocen un ecosistema del que se han ido alejando sistemáticamente. 

 

Escribo todo esto lanzando palabras a mi hoja salpicada, para tratar de entender, para no minimizar, para rearmarme y sobre todo para buscar respuesta a la pregunta  que me atormenta, porque después de lo vivido en los últimos treinta y tantos días, de tener mezclados con sangre y miedo los pensamientos, me pregunto cómo vamos a ser capaces de constituirnos en un diálogo constituyente. Me resulta inverosímil la imagen de todas y todos sentados arriba de esa herida abierta participando de un proceso cívico. No somos capaces de sentarnos a la mesa con nuestra familia y resulta que vamos a tener que debatir la constitución, desdoblarnos sin justicia real ni simbólica, sin responsables, porque en este naufragio ninguna autoridad de gobierno ha tenido la altura moral para decir que acá han ocurrido graves violaciones a los derechos humanos y que le han fallado al país, que lo han herido. Lo más cercano a un reconocimiento ha sido la brutal intervención del  jefe de zona de la región metropolitana de carabineros, que declara que para curar el “cáncer de nuestras sociedad” hay que matar “células malas y células buenas”. Así es, el estado ha aplicado una quimioterapia a mansalva para enfrentar esta invasión alienígena que vino a interrumpir su ficticia paz social . Muchos pensarán que no hay cambio social posible sin sangre, sin pérdidas, lo que yo digo es no puede haber una nueva constitución escrita sobre la impunidad. 

Derechos Culturales: Una Oportunidad que nos deja el proceso constituyente

Vuelvo a publicar un ensayo  escrito el año 2016 publicado en la revista Observatorio Cultural nº32, http://www.observatoriocultural.gob.cl / ISSN 0719-1853 para aportar a un proceso constituyente 

En el marco del actual debate sobre el proceso constituyente, este ensayo plantea un análisis sobre la presencia de la cultura en nuestra Constitución y los desafíos que enfrentará  el Estado con la creación del futuro Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Asistimos a un cambio de modelo de acción pública basada en el reconocimiento, defensa y garantía del derecho a la cultura, pensada no como un bien de consumo, sino como el motor del desarrollo humano de una sociedad plural.
Cuando nos convocamos a una discusión constituyente se generan las condiciones óptimas para abordar el estado del arte en materia de derechos sociales y culturales.

En la actualidad, la sociedad chilena parece haberse agotado de esa etapa que la condenaba a una supervivencia individualista y despertó, desde el colectivo, a la demanda de derechos sociales que estaban sepultados, absorbidos por la lógica del mercado.

La actual Constitución resulta inaceptable desde esta perspectiva, pues su naturaleza subsidiaria incorpora la lógica del mercado en cada uno de los “derechos” garantizados en ella. A modo de ejemplo, en el capítulo III referido a los derechos y deberes, sobre el derecho a la salud (Artículo 19, nº 9) señala: “Es deber preferente del Estado garantizar la ejecución de las acciones de salud, sea que se presten a través de instituciones públicas o privadas, en la forma y condiciones que determine la ley, la que podrá establecer cotizaciones obligatorias. Cada persona tendrá el derecho a elegir el sistema de salud al que desee acogerse, sea este estatal o privado.” Del mismo tenor es lo que consigna en materia de derechos consagrados a la educación y la protección social. Podemos encontrar otro ejemplo gráfico en el mismo capítulo (Artículo 19, nº 11) sobre la libertad de enseñanza: “La libertad de enseñanza incluye el derecho de abrir, organizar y mantener establecimientos educacionales. La libertad de enseñanza no tiene otras limitaciones que las impuestas por la moral, las buenas costumbres, el orden público y la seguridad nacional. La enseñanza reconocida oficialmente no podrá orientarse a propagar tendencia político partidista alguna. Los padres tienen el derecho a escoger el establecimiento de enseñanza para sus hijos.”

Estos extractos evidencian que nuestra Constitución, en el ámbito de los derechos, en lugar de garantizarlos más bien los restringe y otorga libertades al mercado.

En este contexto, la cultura también se ha visto perjudicada, no por su omisión en el texto constitucional, sino porque esta lógica ha permeado todos los ámbitos de la sociedad actual. Es así que, independiente de su ausencia en la carta fundamental, se rige bajo la misma lógica subsidiaria y las acciones que se puedan hacer en materia de políticas culturales no trascienden más allá de los esfuerzos aislados de una voluntad política de turno.

Es por este motivo que resulta pertinente que podamos realizar un esfuerzo colectivo, por una parte, para reflexionar sobre cuánto esperamos avanzar como sociedad en este ámbito y, por otra, cuánto estamos dispuestos a hacer para asumir este compromiso.
A raíz de esta realidad instalada, quienes pertenecemos al mundo de la cultura empezamos a flamear una bandera, cuyos colores aún no son nítidos para nuestros ciudadanos: los derechos culturales.

El término cultura abraza y ahí está su valor, en una multiplicidad de formas de expresión que propenden a la paz, la tolerancia y el respeto por la diversidad, a través de las formas de vida, lenguaje, literatura escrita y oral, música y canciones, comunicación no verbal, sistemas de religión y de creencias, ritos y ceremonias, deportes y juegos, métodos de producción, tecnología, entorno natural y todo aquello producido por el ser humano, como la comida, el vestido y la vivienda. Así como las artes, las costumbres y tradiciones por los cuales individuos, grupos y comunidades expresan su humanidad y el sentido que dan a su existencia, estableciendo una visión del mundo que representa su encuentro con las fuerzas externas que afectan a sus vidas, la cultura refleja y configura los valores del bienestar y la vida económica, social y política de los individuos, grupos y comunidades.

Los derechos culturales no son la cultura en sí misma, sino que el grado de exigibilidad de estos, los cuales están consagrados como derechos humanos desde la Declaración Universal de 1948, aunque para muchos en Chile aparezcan difusos al lado del derecho a la educación, a la salud o a la protección social. Sin embargo, en el contexto del proceso constituyente, pudimos incorporarlos tímidamente en la discusión y, de paso, clarificar su significado, su valor y su pertinencia en un debate sobre el país que queremos y el compromiso que éste establece con sus habitantes.

Marco para una conversación.

Los Encuentros Locales Auto-Convocados y los posteriores Cabildos, como instancias participativas del proceso constituyente, se estructuraron en base a la selección de una lista que contenía valores y principios, instituciones y derechos, siendo estos últimos los que generaban especial atención en los ciudadanos por su capacidad de moldear el tipo de relación que existe entre ellos y el Estado. El abordaje de los derechos, en la Constitución actual, está  fundamentalmente anclado en el resguardo del derecho a la propiedad y a la libertad de elegir que tienen las personas. Es así como las puertas han quedado abiertas para que el mercado administre nuestros derechos sin mayores restricciones, pues nada se lo impide constitucionalmente.

Pero, ¿qué  plantea la actual Constitución en materia cultural? “La libertad de crear y difundir las artes, así como el derecho del autor sobre sus creaciones intelectuales y artísticas de cualquier especie, por el tiempo que señale la ley y que no será inferior al de la vida del titular. El derecho de autor comprende la propiedad de las obras y otros derechos, como la paternidad, la edición y la integridad de la obra, todo ello en conformidad a la ley.”(1)

Y en el derecho a la educación nos encontramos con lo siguiente: “Corresponderá al Estado, asimismo, fomentar el desarrollo de la educación en todos sus niveles; estimular la investigación científica y tecnológica, la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación.”(2)

Eso es todo lo que nos brinda nuestra Carta Magna en materia de arte y cultura, los únicos derechos referido son el de autor, el de fomentar la creación artística en el ámbito educativo y proteger e incrementar el patrimonio. No se menciona nada vinculado a los ejercicios ciudadanos de participación y acceso; menos aún, a la expresión de la diversidad de expresiones culturales de los habitantes de nuestro territorio. Un mezquino compromiso si lo comparamos con lo que señala la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten (Art.27).” (3)

Esto sitúa a Chile muy por debajo de los estándares internacionales y de los compromisos que el país ha asumido internacionalmente. Urge entonces que la nueva Constitución se haga cargo de respetar esos compromisos, acorde a la sociedad en que nos desenvolvemos hoy.

Podríamos decir que, para Chile, consolidar estos derechos es una deuda, considerando que su ejercicio representa aún graves obstáculos para nuestros compatriotas, tanto en materia de acceso, participación y diversidad cultural, como también en compromiso normativo. El derecho a la cultura, mediante diversas normas, está presente en las constituciones de los siguientes países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, El Salvador, Colombia, Guatemala, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela, reafirmando así la relevancia que estos Estados otorgan a los derechos culturales.

La cultura, entonces, es reconocida mundialmente no solo por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino que también por instrumentos internacionales, en especial en el Artículo 15 del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el que da vida a una familia de derechos, llamados de Segunda Generación.

La promoción y protección de la diversidad de expresiones culturales, consagrada en la Convención sobre la protección y promoción de la diversidad de expresiones culturales (Unesco, 2005),(4) ratificada por Chile el 2007, buscó, en espíritu, hacer frente a la vorágine globalizadora para salvaguardar la riqueza cultural de los pueblos, la que no puede
protegerse sin poner en práctica los derechos culturales, cuya violación afecta fundamentalmente a aquellos que se encuentran en condición de desventaja económica o segregación social o cultural.

Este tratado, vigente y de carácter vinculante para los 25 países que lo han ratificado, recogió los principios y el reconocimiento al derecho soberano que los Estados tienen para adoptar medidas y políticas que les permitan proteger y promover la diversidad de las expresiones culturales en sus respectivos territorios. Esta diversidad hace referencia a la multiplicidad de formas (actividades, bienes y servicios) con que se expresan los grupos culturales y las sociedades.

El derecho de las personas a manifestar sus expresiones culturales se encuentra respaldado por esta convención, en la medida que afirma la soberanía que tienen los países para establecer sus propias políticas culturales.

Como un desafío unificador, la Declaración de Friburgo del año 2007,(5) reúne de manera valiosa esta serie de herramientas internacionales diseminadas: la Declaración de Derechos Humanos, los dos pactos internacionales de Naciones Unidas y la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural (Unesco, 2001),(6) las que constituyen un valioso esfuerzo para clarificar los derechos culturales e invitar a Estados, la sociedad civil en general y al mundo privado a valorarlos y respetarlos como expresión y exigencia de la dignidad humana.

La implementación de estos derechos depende de todas las personas y toda la colectividad, pero son los actores públicos los que tienen la responsabilidad de integrarlos en sus legislaciones, asegurando su respeto y salvaguardia.

En esta declaración se consideran, dentro de los derechos culturales, el respeto a la identidad cultural y el patrimonio, la libertad de participación en comunidades culturales y el acceso y participación en la vida cultural, lo que implica tomar parte, acceder y contribuir a la vida cultural.

Resulta valioso aclarar que el derecho a participar está directamente vinculado con el derecho al acceso; es este último el que considera la oportunidad real y concreta, garantizada por el Estado, para que todos los individuos o comunidades —por más aisladas que se encuentren— puedan participar de la vida cultural de su comunidad y de su país.

En la medida que avanzamos en los instrumentos que existen en materia de derechos culturales, podemos ver el retraso que vivimos en nuestro país y como, erradamente, se homologa la demanda por derechos culturales a demandas sectoriales de carácter acotado.

Lejos de ser así, estos atraviesan la realidad cotidiana de millones de habitantes que mantienen viva la cultura.
Debemos entender que, si la cultura es un derecho, entonces es una preocupación pública que asume el Estado y que desde ese lugar es absolutamente pertinente abordarla en este proceso constituyente y en las discusiones futuras en materia constitucional.

Para que el ejercicio de la ciudadanía se concrete, el Estado debe, en primer lugar, reconocer los derechos culturales en su Carta Magna, en sincronía con los instrumentos internacionales y con la realidad de la vida cultural del país.

Tal como lo señaló el director de la Unesco en 1970, en la Conferencia Intergubernamental sobre los Aspectos Institucionales, Administrativos y Financieros de las Políticas Culturales desarrollada en Venecia: “si todo hombre tiene derecho, como exigencia de su dignidad esencial, a participar en el patrimonio y en la actividad cultural de la comunidad, o mejor, de las comunidades a las que pertenece, entre ellas, seguramente, la comunidad-límite que es la humanidad, de ello se deriva que las autoridades responsables de esas comunidades tienen el deber de proporcionar los medios, en la medida de los recursos de que dispongan para que esa participación sea efectiva (…) Este es el primer fundamento y el primer fin de la política cultural.” (7)

Equidad, multiculturalidad y descentralización.

La actual Constitución, de carácter subsidiario, no es el horizonte donde quisiéramos mirar los derechos culturales, pues en ella toda materia de derecho es en realidad un espacio para incorporar al mercado en su administración, todo esto amparado en la supuesta libertad de elegir de los ciudadanos. Quienes demandamos el derecho a la cultura queremos formar parte de una nueva Constitución, una que hable de verdaderos derechos, lo que significa que estos sean una preocupación pública y no privada.

¿Qué significa que el derecho a la cultura no esté presente en nuestra Constitución? Sin duda, son muchos los daños que podríamos mencionar al respecto, pero quisiera abordar un aspecto central, especialmente grave, en un escenario de ausencia de los derechos culturales consagrados: la segregación social.

Creer que la existencia de la vida cultural va a persistir solo de manera espontánea o por la voluntad individual de las personas es falaz y lo que esta premisa hace, finalmente, es otorgar todo el poder, una vez más, al mercado, para que los ciudadanos que cuenten con las condiciones exigidas, puedan acceder a una activa, rica y diversa vida cultural dejando al margen a quien no posea dichos medios.

Este daño social provoca que existan ciudadanos condenados, por sus condiciones materiales o geográficas, a no ser parte de la vida cultural, sino a la marginación y la invisibilidad, porque como sociedad no somos capaces de hacernos cargo de las barreras que tienen miles de personas de participar y expresarse culturalmente.

Debemos entender desde la sociedad civil y el mundo político que ésta no será nunca una demanda ciudadana masiva, porque es un derecho que desconocemos, incluso cuando lo ejercemos; la naturaleza de la cultura, amplia y difícilmente clasificable, también obstaculiza la visualización de ésta como un derecho.

Otro aspecto especialmente dañado por la segregación y la falta de equidad es la multiculturalidad. En un país en donde se impone un tipo de cultura como predominante, las otras, fundamentalmente la de los pueblos originarios, requieren un especial cuidado, protección y defensa para que pueda seguir desarrollándose de manera armónica y en convivencia natural con las otras culturas.

La invisibilidad en las que se encuentran sumergidas estas culturas, obtuvo un importante paso de avance con los resultados de la consulta indígena realizada en el marco del debate y discusión del proyecto sustitutivo de la ley que crea el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Su presencia en la institucionalidad y la política pública se vuelve urgente para restituir su espacio en nuestra identidad cultural.

Asimismo, el incremento de inmigrantes en nuestro país nos obliga a asumir un compromiso mayor y sustantivo para respetar y resguardar sus diversidades culturales, permitiendo que éstas se expresen libremente en nuestro territorio y, más aun, enriquezca nuestro acervo cultural.

Por último, en este abordaje de la falta de equidad en materia de derechos culturales, no podemos dejar fuera como el centralismo extremo de nuestra estructura de Estado genera una cruda inequidad entre la capital y las regiones y provincias del país, cuyos habitantes se encuentran limitados de múltiples maneras.

Solo por mencionar algunas, los artistas y creadores que habitan en ellas, con dificultad pueden dedicarse a su actividad; los investigadores y cultores populares ven cómo la tradición de la que son portadores se extinguiría si no fuese por los esfuerzos que ellos mismos realizan; y, por último, los ciudadanos que son privados del acceso a la cultura son parte de una realidad dolorosa, ya que, actualmente en Chile, existen muchas personas que no han tenido posibilidad de experimentar mayor diversidad cultural, que enriquezca su propio desarrollo.

En nuestro país, la manera en como se abordan las políticas culturales, desde la óptica del derecho o no, es hija de la contingencia y de la voluntad política de turno, por lo que, en materia de derechos culturales, estamos siempre comenzando desde cero y con una línea editorial distinta. La presencia de los derechos culturales en nuestra Constitución reduciría su carácter volátil y ambiguo, a través de un acuerdo nacional y colectivo.

Es cierto que existen opositores a que este derecho se consagre en nuestra Constitución, pero quienes lo defendemos tenemos la certeza de que estamos hablando de un aspecto esencial en la vida de las personas, que se encuentra debidamente fundamentado.
Quienes miran el desarrollo cultural desde el mercado banalizan la trascendencia que tiene el arte y la cultura en el ser humano, lo individualizan, como si se tratara de una preocupación individual que debe ser satisfecha a través de los ingresos económicos propios, o la catalogan de simple entretenimiento o divertimento.

Prefieren olvidar que ésta es una preocupación social y colectiva de potencia transformadora, con capacidad de generar o regenerar, en nuestro caso, un tejido social robusto. La democratización de la cultura rompe los muros de la segregación y constituye una acción real destinada a cambiar la vida de las personas.

Proceso cultural y constituyente.

Este proceso constituyente ha sido, sin lugar a dudas, una manifestación cultural colectiva, un intercambio de ideas, sentires, reflexiones, aspiraciones y sueños sobre el país que queremos. Lejos de pensar en resultados aún, nos hemos permitido realizar el ejercicio de parlamentar, de entendernos, recuperar una tradición cultural tan olvidada, pero a su vez tan saludable para la democracia.

Tuve la fortuna de asistir, en calidad de oyente y también como moderadora, a un Encuentro Local Auto Convocado, tanto desde SIDARTE como aquel que realizamos desde La Coalición Chilena por la Diversidad Cultural. Estos espacios resultaron ricos en discusión respecto de los derechos culturales, término que ni siquiera se encontraba sugerido en el acápite sobre los derechos “oficiales” del formato tipo.

Lo que aparecía en esta materia era el acceso y la identidad cultural, restando, con ello, componentes esenciales como participación y expresión, ambas contenidas en la definición, ya mencionada, de derechos culturales.

Haciendo un ejercicio de síntesis, quisiera compartir algunos puntos que me parecieron relevantes de estos encuentros:

1. El valor de participar: construir una discusión y reflexión proyectada en el tiempo, alejada del carácter exitista e instantáneo, es en sí un aporte para el Chile de hoy; temas como la cultura deben fermentar socialmente y para ello se requiere de tiempo y libertad para reflexionar. Si bien los encuentros correspondían a un formato específico, permitían incorporar conceptos nuevos y desataban largas exposiciones para clarificar o debatir; tanto así que algunos de ellos se prolongaban por todo el día, otros suscitaban almuerzos o cenas y otros requerían encuentros posteriores, incluso en algunos casos extendiendo la conversación a foros virtuales a través de las redes sociales, en Twitter, Facebook o derivando en grupos de discusión vía WhatsApp. Si bien cuando observamos las cifras de participación ciudadana —que es aún incipiente para lo que podemos aspirar como país, ya que 106.122 personas fueron las que se auto convocaron en este ejercicio—, debemos poner atención cuando sabemos que de estos el 54% fueron mujeres y 46% hombres. Este último dato en materia de género debiese impulsarnos a cuidar la participación de las mujeres en el debate constitucional, del que han estado históricamente marginadas hasta el día de hoy, incluyendo la cultura.

2. El respeto por la diversidad: las convocatorias a las que me tocó  asistir eran abiertas, lo que significaba que no sabías con quién te iba a tocar intercambiar opiniones y con ello, inmediatamente, se puso en acción el respeto por la diversidad de opiniones, valorando la diferencia y enriqueciendo las posturas. Pese a algunas encendidas discusiones, siempre primó el respeto y la amistad cívica. En torno a la diversidad cultural todavía el debate constitucional debe vencer barreras culturales, incentivando, especialmente, la participación de grupos inmigrantes, pueblos originarios y cultores populares.

3. Desconocimiento de los derechos culturales: el espacio de debate en torno a la diversidad e identidad cultural, el acceso y participación, nos obligaba a reflexionar a qué nos referimos cuando hablamos de ellos. No deja de asombrar lo poco que sabemos al respecto como sociedad; para empezar, desconocemos que los derechos culturales son parte de los derechos humanos. La tarea será entonces hacer un esfuerzo, desde la institucionalidad y la sociedad civil, para dar a conocer dichos derechos y la importancia que tienen en nuestra vida en comunidad.

Un desafío que recién comienza.

Ya han pasado 68 años desde que se consagró el reconocimiento internacional a los derechos culturales; en Chile parece haber transcurrido muy lentamente la asimilación de estos derechos, sin presencia en nuestra Constitución, ni en la legislación que creó el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes el 2003. Por eso debemos saldar deudas en esta materia y no esperar más que esta solución provenga desde la clase política.

De este proceso constituyente y del debate que el mundo de la cultura está reiniciando sobre derechos culturales, podemos decir que queda mucho camino por recorrer. Este fue solo un primer paso, muy significativo para darnos cuenta en qué punto estamos, pero muy incipiente cuando constatamos lo poco presente que está entre los ciudadanos el derecho a participar y acceder a la vida cultural de su país.
Los derechos culturales y la diversidad cultural son motores de sociedades pacíficas, tolerantes, ricas en identidad, colaborativas y que estimulan un desarrollo sostenible, en armonía con nuestro entorno. Quizás no estemos familiarizados con estos conceptos en la actualidad, pero sin duda así es la sociedad en la que quisiéramos vivir.

Para ello debemos situar esta conversación en un ámbito abordable y que nos permita distinguir con claridad la dimensión pública de los derechos culturales, el rol del Estado y su consiguiente repercusión en la política pública. En este sentido, vale la pena advertir la doble dimensión que tienen participación y acceso: por un lado les permite a los individuos ejercer su derecho a la cultura de manera activa (formar parte, crear y contribuir), así como pasiva (acceder y disfrutar).

No es sencillo saber dónde exactamente estamos en esta materia, pues tenemos una serie de legislaciones, políticas públicas y programas en desarrollo que debemos observar desde la perspectiva del derecho, con herramientas especialmente destinadas a ello, para así reconocer lo que tenemos, conducir nuestro rumbo, saber hacia donde nos queremos dirigir y por último, algo que muchas veces olvidamos, evaluar nuestros progresos.

Sin embargo, debemos salir de las conversaciones reducidas sólo entre quienes estamos convencidos de este derecho y llevarlo a las personas en diferentes rincones del país, considerando todas las edades, integrando especialmente a los estudiantes, que han estimulado a la sociedad a movilizarse, brindando espacios reales para los pueblos originarios e integrando genuinamente a la población inmigrante. Debemos desafiarnos a ampliar la discusión que estamos sosteniendo en el mundo de la cultura para integrar nuevas voces que permitan una transformación cultural. Este es
un desafío significativo que requiere gran unidad y cohesión del mundo social de la cultura, para mirar más allá del presente y atrevernos a transformar la realidad en la que estamos inmersos.

Si no logramos dar este paso, si no logramos reconocer los derechos culturales, estaremos tratando con indiferencia un aspecto esencial del ser humano: su felicidad y su plena realización. La cultura no se ubica en el plano de la sobrevivencia física y cotidiana, no existe un consumo básico que nos deje satisfechos, medido por estándares internacionales. La cultura está en el lugar de los anhelos, es aquello que es profundo, imperecedero y que pasa de generación en generación. A eso definitivamente no podemos darle la espalda.

1 Decreto Supremo nº 1.150, de 1980. Publicado en el Diario Oficial el 24 de
octubre de 1980.
2 Decreto Supremo nº 100, de 2005: Fija el texto refundido, coordinado y
sistematizado de la Constitución Política de la República. Publicado en el
Diario Oficial el 22 de septiembre de 2005.
3 Para mayor información sobre la Declaración de Derechos Humanos, ver
http://www.un.org4 Para mayor información, ver http://unesdoc.unesco.org
5 Para mayor información, ver http://www.culturalrights.net
6 Para mayor información, ver http://unesdoc.unesco.org

7 Para mayor información, ver http://unesdoc.unesco.org

Referencias bibliográficas.

-Constitución Política de la República de Chile
-Observatorio de la Diversidad y los Derechos Culturales. (2007). Declaración de Friburgo. Recuperado de http://www.culturalrights.net
-Unesco (1970). Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales. Recuperado de http://unesdoc.unesco.org
-Unesco (2010). Derechos Culturales: Documentos básicos de Naciones Unidas. Recuperado de http://www.unescoetxea.org
-Organización de las Naciones Unidas (ONU) (1948). Declaración Universal de Derechos Humanos. Recuperado de http://www.un.org
-Organización de las Naciones Unidas (ONU) (1966). Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Recuperado de http://www.ohchr.org

Artículo publicado en la revista Observatorio Cultural nº32, http://www.observatoriocultural.gob.cl / ISSN 0719-1853

El Desafío de hacer visible lo Invisible

Columna publicada el 2 de Noviembre de 2019 en El Periodista  https://www.elperiodista.cl/el-desafio-de-hacer-visible-lo-invisible/

El martes 15 de octubre con una foto grupal que mostraba nuestras caras alegres y conformes tras una asamblea, cerrábamos el día, sin pensar siquiera que 48 horas después el país cambiaría por completo.
Desde nuestra conformación en julio de 2018 hemos venido explorando una musculatura organizativa basada en la colaboración, el aprendizaje conjunto y las transformaciones de las lógicas organizacionales verticales, que eran lo único que conocíamos.

Me atrevo a decir que esta forma de proceder, muy experimental para nosotras, se ha transformado en el mayor aporte que hayamos podido realizar en estos días, para convocar, para desplegarnos en distintos frentes y tareas a través de nuestras compañeras, e incluso para ir en ayuda y apoyo de las nuestras que resulten heridas o detenidas, colaborar con la divulgación de la información en Chile y el mundo a través de redes que hemos forjado por nuestro trabajo, son nuestras humildes herramientas para ser un eslabón eficiente que contribuye a visibilizar y construir narrativa para este esperanzador y a la vez desgarrador estallido social.

Desde ahí en adelante mantenernos movilizadas ha sido la consigna, con nuestro contingente de compañeras nos repartimos tareas para las que en muchos momentos no damos abasto, pero sin duda el espacio de contención que hemos creado ha sido un motor y un cobijo para cuando, abatidas por los hechos, nuestras compañeras están ahí para levantarnos.

Nos hemos abocado a permanecer, sostener y alentar las movilizaciones en las calles y las conversaciones en los cabildos y asambleas, así como visibilizar y mantener en el centro del foco, para que no se olviden ni normalicen, las violaciones a los DDHH y crímenes de Estado que han registrado las organizaciones dedicadas a la materia.

La reflexión que se percibe en diferentes espacios hoy es que cuando la institucionalidad le ha fallado reiteradamente en sus compromisos a la ciudadanía, la única salida posible es devolver la confianza al pueblo, para que sean las personas quienes decidan en un plebiscito vinculante cómo quiere que sea ese pacto en adelante. Por eso hoy podemos palpar la necesidad real de una asamblea constituyente que consagre una nueva constitución para Chile, pero esto no es todo, el movimiento tiene una vibración de urgencia, que claramente no ha permeado al gobierno, y que aumenta las distancias, pero profundiza la cohesión colectiva.

Quienes nos dedicamos a las expresiones artísticas sentíamos también desde nuestro quehacer que a Chile se le estaba asfixiando, que el elástico se iba a cortar, porque seamos honestas y honestos, el trabajo cultural también ha sido contra corriente durante muchos años. Desde el Estado se nos ve como algo que gasta mucho y genera poco. Justamente antes que se desataran las movilizaciones, en el sector cultural estábamos enfrentándonos a nuevos recortes en ámbitos tan relevantes como la industria audiovisual y organizaciones culturales, ambos que justamente tienen en su centro conectar al ser humano con la reflexión, la sensibilidad, el patrimonio, su identidad, así de fuerte nos ha calado este modelo, que valora en demasía la productividad cuantitativa y muy poco la cualitativa. Por eso, como muchas y muchos contemplábamos que la cosa avanzaba mal, en nuestro caso, viendo cómo la participación cultural no era entendida y mucho menos prioritaria, se cerraban una y otra vez los canales de expresión para la sociedad, nuestro alcance era cada vez más reducido, la identificación y el sentido de pertenencia eran remplazados por una profunda soledad y abandono por parte del Estado. En el caso de nuestro trabajo la precarización se suma a la poca valoración al oficio artístico, aún muchas personas consideran que lo nuestro no es un trabajo o creen que todos son favorecidos con los escasos altos sueldos en televisión, lo que está totalmente fuera de la realidad, somos un tipo de trabajador con ingresos intermitentes, sin ninguna estabilidad laboral, la que nos margina de los registros bancarios, cotizaciones, beneficios de vivienda, etc… uno más de la gran lista de abusados por este sistema económico que desde el estado han defendido con uñas y dientes.

Como actrices, además de la participación comprometida con este deseo de cambio social, debemos obstinadamente intentar transmitir a las personas e insistir al gobierno, el tremendo valor invisible que tiene el arte y la cultura, porque no lo hemos conseguido, se nos otorga un presupuesto escaso para cumplir con la tarea enorme de construir comunidad. Me parece que con lo ocurrido en estos días se ha entendido que las cifras no cuadran con el sentir de las personas ni su calidad de vida, la cultura en su rebeldía está presente, aunque no la nombren, en la manifestación colectiva de un pueblo, podríamos decir que todo, absolutamente todo lo que ha ocurrido en las calles son manifestaciones culturales de la ciudadanía, su indignación y su esperanza, sus cantos, sus voces, sus bailes, sus conversaciones, sus escritos, sus dibujos, sus trajes, son expresión cultural. Por eso la participación cultural es esencial en una democracia, porque si cortan los canales de expresión, no hay cohesión, no hay encuentro, mucho menos dialogo genuino. Los cientos de voces que corean El derecho de vivir en paz y El baile de los que sobran, nos han demostrado cómo el arte pone en común un pensamiento y sentir social, son tan solo un ejemplo de cómo el arte genera comunidad.

Lo cierto es que hoy estamos unidas a toda la sociedad en esta tarea compleja, desde el feminismo y la cultura nos corresponde aportar a realizar reflexiones en profundidad, velar por una representación que integre a la mujeres para profundizar la democracia que hoy está en crisis, aportar a eliminar prejuicios y sesgos, mantener la movilización sin quebrarnos, sin reventarnos, entendiendo y aportando en el lugar desde el que cada una puede/debe sostener, porque esto será de largo aliento y la vida de cada persona está en juego, las señales que se han entregado desde el mundo político aún son débiles y los canales de comunicación entre la sociedad y autoridades aún no están habilitados.

Andrea Gutiérrez

Red de Actrices Chilenas RACH

 

Abajo los Corazones: El Programa de Cultura de Piñera

En el mundo de la cultura, se ha extendido una suerte de escepticismo que nos lleva a creer que cualquier gobierno da lo mismo. Esto, fundamentalmente por el clima electoral en los medios y la poca presencia del tema cultura en los discursos comunicacionales formales, lo que toca directamente a los trabajadores de la cultura que se sienten, una vez más, postergados.

Sin embargo, si se atiende a los hechos, la gran mayoría de las candidaturas se ha pronunciado, en menor o mayor medida, sobre el tema a través de sus programas. Hoy nos interesa abordar el programa de Piñera, no por afinidad, sino todo lo contrario: para aportar a evidenciar que no da lo mismo, porque este Piñera no es el mismo de su primer gobierno y porque Chile hoy, tampoco lo es.

A nivel general, lo primero que habría que mencionar es que, pese al escueto espacio dedicado a la cultura (apenas 3 páginas), este programa no es inocuo y se encamina en el sentido contrario de quienes creemos en la cultura como derecho -no solo de acceso sino también para quienes la producen- y que tenemos el convencimiento que debemos derribar cada día más las lógicas que cosifican, reducen y banalizan la cultura, igualándola a retóricas identitarias o derechamente al ocio y el entretenimiento.

Como país, aún tenemos una deuda enorme con el reconocimiento de cientos o miles de instancias culturales artísticas y comunitarias que habitan en las regiones de todo Chile y que contra viento y marea realizan una labor que el estado escasamente reconoce y mucho menos apoya. La cultura va más allá de las valiosas expresiones artísticas, e incluso más allá del ámbito del derecho: es la expresión libre de un pueblo.

Piñera recargado, -mucho más a la derecha de lo que vimos en su primer gobierno (sí, se podía estar más a la derecha)- manifiesta claramente su ideología en su pobre programa de cultura orientado a dar continuidad a las lógicas economicistas de la rentabilidad y productividad del sector cultural, a través de dulcificadas retóricas del acceso, el emprendimiento cultural y la creatividad, señalando claramente que “el país de oportunidades con que soñamos implica hacer posible que el emprender en ámbitos culturales no signifique una condena, sino una verdadera posibilidad de desarrollo profesional”.

 

Esta declaración de principios ni siquiera es una buena noticia para quienes se desenvuelven o defienden la industrialización como la mejor vía de desarrollo cultural. Y es que no hay modo en que las oportunidades que señala su programa no sean sino una condena en tanto no se contempla la realidad diversa de los actores del sector cultural, las inequidades que se generan en la cadena de valor y mucho menos se promueve el cumplimiento de los derechos de los trabajadores del sector. El sector cultural cada día aporta más al PIB, pero no ve aumentado su presupuesto ni hoy ni en un hipotético segundo gobierno de Piñera.

En cambio, este programa continúa en la senda de privilegiar un crecimiento industrial desamparado, sin norma, donde cada uno sobrevive como puede, en suma, la misma lógica que se aplica a todos los sectores productivos bajo la mirada neoliberal, sin comprometer un plan ni a mediano ni largo plazo que permita pensar que, efectivamente, habrán verdaderas posibilidades de desarrollo profesional.

No abordaremos cada medida, pero a nivel general, resulta vergonzoso el desconocimiento de lo que existe y se ha implementado, aunque tal vez, después de los bochornosos anuncios de obras públicas iniciadas, no debiese extrañarnos. En fin, dentro de las promesas está la construcción de infraestructura, como la de construir un “Museo de la Democracia” (otra forma solapada de negacionismo y estetización del horror vivido en dictadura), un Museo del Deporte y la instalación de nuevos museos regionales.

Por otra parte, el acceso a la cultura desde los ojos del piñerismo, es muy práctico e implica simplemente incentivar el consumo. De ahí surge el llamado “Vale Cultura”, un cupón que otorga un 50% de descuento para actividades “culturales” para cada joven que cumpla 18 años. Ahora bien, ¿qué tipo de actividades subvenciona este cupón? No lo sabemos. ¿Qué impacto tiene eso en la equidad?, ninguno. Otra medida en este mismo aspecto es la de “conectar por fibra óptica una red nacional de espacios culturales que permita la transmisión en línea de grandes eventos y la circulación de contenidos entre las regiones”.

Para hacer efectivas ambas medidas -centradas en el puro acceso-, viene otra medida más: “ampliar los horarios y días de atención de los espacios culturales públicos”. ¿Con cargo a quién tendrá lugar esa ampliación horaria? La respuesta es evidente: con cargo a las y los trabajadores culturales. Este es el modo en que Piñera pretende dar vida a su fiesta, una conmemoración a partir de una serie de eventos masivos sobre los 200 años de la consolidación de la Independencia de Chile, la extensión o copia del patriotismo unívoco vivido en su gobierno anterior, donde celebramos el Bicentenario.

En cuanto a la nueva institucionalidad cultural desliza sus críticas e interviene su estructura y lo que será su funcionamiento, lo menciona de esta manera: “Implementaremos el Ministerio […] superando las duplicidades y dispersiones que la estructura aprobada pueda generar, considerando un nuevo Consejo de Artes Visuales, e implementando el Consejo Asesor de Pueblos Indígenas y una Unidad de Pueblos Migrantes en el ministerio”.

Superar las duplicidades es, en la jerga liberal, aligerar -o derechamente reducir- la acción estatal en cultura. Se trata de una mirada clásica sobre el rol del Estado, un lugar común que durante la discusión del proyecto de ley que creó el nuevo Ministerio de las Culturas, dio pie a que cercanos al piñerismo -como el ex ministro de cultura de Piñera-, consideraran “excesos administrativos” en la nueva institucionalidad.

 

Sectorialmente, algo extraño ocurre con las artes visuales, pues se crea, sumándole a la nueva institucionalidad un Consejo de Artes Visuales, sin ley sectorial y sin nombrar a las artes escénicas cuando la respectiva ley sectorial ya está en el Parlamento, es decir, no se considera ese consejo. Claramente artes visuales tiene santos en la corte en ese comando y en caso de que salga electo, las artes escénicas tendrán mucho trabajo.

Por último, está la continuidad y profundización de la concursabilidad, con una “atractiva” simplificación del formulario, la creación de un sistema “único” de postulaciones, -la quintaesencia de la segregación-, que combinarán ventanilla abierta y convocatorias anuales, (otra cosa que ya existe).

En cambio, en las apenas tres páginas dedicadas a cultura, no hay mención a algún tipo de cambio en la relación laboral de los productores culturales ni al financiamiento de otra naturaleza respecto a las artes y la cultura. No hay interés aquí por explorar siquiera, financiamientos que excedan la concursabilidad, discusión hoy prioritaria para los agentes productivos del medio -artistas y trabajadores culturales- que viven condiciones de precariedad al tener que vivir, año tras año, la incertidumbre del proyecto, es decir, el no saber si contarán con recursos para trabajar y vivir durante la próxima temporada.

Esta notoria y grosera falta de interés programático, permite sospechar del modo en que el candidato ve al arte y la cultura. Quizás sea tal como comprendía a la educación en su anterior gobierno, es decir, como un bien de consumo.

A la inversa, se puede presumir del nulo interés por hablar de mejoras en las condiciones laborales y presupuestarias, -no hay siquiera una referencia mínima a la consolidación y mejoramiento de fondos creados para entregar estabilidad a las iniciativas culturales de trayectoria y objetivos de largo plazo como los fondos de Intermediación y el OIC (Otras Instituciones Colaboradoras)-, que el programa Piñera no considera ni las artes ni la cultura ámbitos prioritarios.

De este modo, es importante invitar al sector a reflexionar sobre la pasividad electoral, interiorizarnos un poco y no caer en los facilismos escépticos que homologan todas las propuestas o bien, asumir que de salir electo Piñera tendremos que  encomendarnos a lo que sea para que el  presupuesto no baje, preocupación transversal al arte y compartida con el campo científico (que el programa de Piñera iguala inmediatamente a innovación, tecnología, emprendimiento y competitividad bajo su manido discurso desarrollista centrado en la pura productividad), cosa nada de fácil en su programa de austeridad.

Definitivamente para los que que les gusta la frase que la cultura es el alma de Chile, el programa de Piñera nos dice: abajo los corazones.

Columna escrita en colaboración con Sebastián Pérez

Publicado en Revista Hiedra 13 de Noviembre 2017

El Frente Amplio y su propuesta cultural de cambio  

 

 

El sábado 21 de Octubre se presentó el Programa del Frente Amplio, con orgullo podemos decir que éste nace de un proceso inédito de participación y sistematización, además de un plebiscito ciudadano.

 

Una cultura democrática es una que comprende las tensiones entre puntos de vista porque entiende que solo así puede permitir y fortalecer la diversidad. Desde el Frente Amplio, mediante los procesos participativos, hemos podido ir haciendo carne el cambio cultural que nos imaginamos para nuestro país. Digo esto, porque al referirnos a ‘cultura’ no lo hacemos pensando solo en las disciplinas artísticas o en un boleto para un espectáculo, sino en la forma de interacción que vamos construyendo y moldeando en nuestra realidad. Por eso, este proceso programático es parte de un cambio tan cultural como político, donde hemos preferido sensibilizar el oído para identificar, reconocer y validar las expresiones culturales ya vivas en nuestro territorio y el  programa pretende ser herramienta para ello.

 

Nuestra propuesta de gobierno para el país plantea un nuevo modelo de desarrollo, una cultura de promoción de una sociedad democrática, plurinacional, feminista, respetuosa y consciente de la riqueza que significa la convivencia y mixtura de interpretaciones y prácticas interculturales diversas,  facilitadora y defensora del ejercicio de los derechos humanos y sociales, que transite de lo subsidiario a un Estado garante de derechos, que valora y respeta la autonomía identitaria de los territorios.

 

Por ello, en primer lugar, planteamos una nueva constitución a través de una Asamblea Constituyente, en la que promovemos la presencia de la cultura como derecho garantizado para nuestros habitantes, defendiendo la cultura como bien común. Esta es la base de nuestros ejes estratégicos en Cultura, donde también están presentes, la descentralización  y democratización, porque tenemos una mirada que iguala el valor y la participación de las culturas regionales, populares, comunitarias, con énfasis en la diversidad cultural, valorando iniciativas que no provienen del Estado, pero cumplen un rol fundamental en sus territorios.

 

Asimismo, planteamos la educación artística, para profundizar nuestro compromiso con una educación pública de calidad que abarque el desarrollo social y  personal de manera integral. En materia de Financiamiento y fomento,  votado en el plebiscito,  el compromiso es avanzar en una política que supere la concursabilidad y diversifique el financiamiento a través de más programas y planes que otorgan estabilidad a las iniciativas culturales. Además, situará los fondos concursables en algunos ámbitos específicos de la creación y no como eje de la política de fomento, para que este se pueda desarrollar de manera sistémica, lo que generará una política de fomento con continuidad, seguimiento y evaluación. Por otro lado, esta política de fomento entregará valor tanto al proceso creativo como a los eslabones de la cadena productiva más debilitados, como lo son la exhibición o circulación de los bienes culturales.

 

Para concretar estos y otros desafíos nos parece tremendamente relevante asumir el compromiso de aumentar el presupuesto en cultura, pensando también en la implementación del Ministerio de las Culturas, las artes y el patrimonio, avanzando decididamente al 2% del PIB, propuesto por la UNESCO, porque hechos son amores y si apostamos efectivamente a la reconstrucción del tejido social, la cultura debe ser prioritaria.

 

Los trabajadores de la cultura son uno de los aspectos que mayor preocupación nos generan, a ellos el sistema económico basado en la competitividad, en el crecimiento económico, los ha marginado e incluso ha cuestionado su condición de trabajadores. Su realidad hoy da cuenta de una alta desprotección y precariedad. Por ello perfeccionaremos  la legislación laboral existente y los  incorporaremos en el sistema de protección social en nuestra propuesta de un nuevo sistema previsional y de un seguro de salud universal. Además, crearemos un Fondo de Cesantía para los trabajadores y trabajadoras de la cultura, basado en la intermitencia laboral del sector.

 

Nuestra invitación como equipo de cultura del Frente Amplio y de nuestra candidata Beatriz Sánchez es a que conozcan el programa, que no tengamos miedo a mover los cercos que hemos naturalizado y que vayamos más allá de las intenciones o slogans, impulsando una propuesta de verdadera transformación social que juntos haremos posible.

 

 

Columna publicada por el Mostrador 9 de Noviembre 2017